El aire estaba espeso, húmedo, cargado con la tensión de lo inevitable. Sobre la explanada que rodeaba la ciudadela rebelde, el murmullo del viento atravesaba las telas de las carpas reales y los muros encantados como si trajera consigo la advertencia de una tormenta que ya no se podía detener. No había nieve en ese norte, sino un calor seco, sofocante, que hacía que el olor de las antorchas, del hierro y del sudor se mezclara en una sola fragancia amarga de guerra.
En la gran sala de la segund