En Atira, el ambiente era distinto al del campo de batalla. El palacio del emperador se erguía como una fortaleza de mármol blanco y obsidiana, resplandeciente bajo la tarde anaranjada. Los ventanales reflejaban los cielos abiertos y las torres parecían custodiar no solo el imperio, sino también el secreto más preciado de Atlas: el embarazo de Leighis Noor.
El emperador estaba pendiente de cada detalle. Había ordenado a los médicos imperiales, sabios y alquimistas, que la vigilaran constantemen