Hespéride extendió un brazo hacia donde sus tres hijas dormían en un canasto protegido por runas. Un manto de oscuridad tangible, suave como el terciopelo y cálido como un ala, se desplegó desde sus dedos y se posó sobre ellas, aislándolas por completo del mundo y asegurando su sueño. Era una cúpula de quietud, un regalo de intimidad que ella, como madre y bruja, podía otorgar.
Al girarse, encontró a Horus ya frente a ella. Sus manos, acostumbradas a desenvainar acero, se mostraron sorprendente