Atlas permanecía de pie en el balcón de la fortaleza de obsidiana, con los brazos cruzados sobre su pecho colosal. Su silueta era una sombra viva contra el horizonte ardiente; la luz de los fuegos eternos que iluminaban la ciudadela se quebraba en su armadura, haciendo resplandecer los grabados de runas oscuras que recorrían su torso. Su expresión era fría, imperturbable, como si el mundo entero no fuera más que un tablero en el que solo él podía mover las piezas.
Detrás de él, en la penumbra,