El emperador recibía informes de lo que hacía la emperatriz. Pero él ignoraba la existencia de ella. Aunque, cada cierto mes, ella debía hacer acto de presencia en el trono. Evitaba hablar, pero cuando le preguntaban o le daban la palabra, siempre respondía de forma elocuente, diestra y superior, incluso a la de los ministros, nobles, reyes y generales que servían al gigante. Era por eso mismo que cada vez le daban menos participación, ya que la bruja era demasiado inteligente y sabia, dejándolos expuestos.
Los cortesanos, acostumbrados a disputarse la atención del soberano, la miraban con recelo. Sus respuestas no eran meras opiniones, sino lecciones. Si un noble presumía de su linaje, ella recitaba de memoria genealogías enteras y mostraba contradicciones en sus dichos. Si un ministro hablaba de economía, ella desmenuzaba los errores de cálculo y proponía alternativas más sensatas que ninguna otra mente había considerado. Su voz era calma, sus gestos medidos, su mirada penetrante y