El emperador recibía informes de lo que hacía la emperatriz. Pero él ignoraba la existencia de ella. Aunque, cada cierto mes, ella debía hacer acto de presencia en el trono. Evitaba hablar, pero cuando le preguntaban o le daban la palabra, siempre respondía de forma elocuente, diestra y superior, incluso a la de los ministros, nobles, reyes y generales que servían al gigante. Era por eso mismo que cada vez le daban menos participación, ya que la bruja era demasiado inteligente y sabia, dejándol