Mundo ficciónIniciar sesiónElena no llamó a Alexander esa noche.
Ni al día siguiente. Ni durante toda la semana.
Pero aun así… él seguía ahí. En su cabeza. En su respiración. En ese rincón incómodo donde se guardan las cosas que no deberían importarte… pero importan igual.
Su voz grave. La forma en que la había mirado, como si pudiera ver debajo de su piel. Esa calma inquietante que no era calma, sino un aviso.
Era distinto a Adrian. Adrian fingía ser bueno. Alexander ni siquiera se molestaba en aparentarlo.
Y quizá eso era lo que lo hacía tan peligroso.
Elena dejó la copa de vino sobre la mesa del penthouse y volvió a mirar la tarjeta negra entre sus dedos.
Minimalista. Elegante. Fría.
Solo un nombre.
Alexander Vance.
Y un número privado.
Nada más.
Como si un hombre como él no necesitara presentación. Y claro… no la necesitaba. Toda la ciudad conocía al monstruo detrás del imperio Vance.
Empresarios quebrados. Políticos humillados. Competidores desapareciendo del mapa.
Alexander destruía personas con la misma facilidad con la que otros cambiaban de traje.
Y aun así… ella seguía pensando en él.
Eso era un problema.
—No deberías acercarte a ese hombre.
Elena levantó la mirada.
Mikhail estaba apoyado en la puerta del despacho. Alto. Serio. Silencioso. El único que no la abandonó cuando salió de prisión.
—¿Lo investigaste? —preguntó ella.
Mikhail soltó una risa seca.
—No hace falta. Alexander Vance tiene fama suficiente.
Se sirvió whisky con la tranquilidad de quien ya vio demasiadas cosas.
—La gente le teme por una razón.
Elena cruzó los brazos.
—Necesito poder para destruirlos.
—Y él necesitará algo a cambio.
Ella guardó silencio. Porque sabía que era verdad. Hombres como Alexander no hacían favores. Cobraban caro.
—Puedo manejarlo —dijo finalmente.
Mikhail la observó con una mezcla de preocupación y resignación.
—Eso dijeron muchas mujeres antes de terminar obsesionadas con él.
Elena apretó la mandíbula.
—Yo no soy una de esas mujeres.
Pero incluso ella escuchó la duda en su propia voz.
Dos días después, llegó la invitación.
Una cena privada. Hotel Élysée Royal. Penthouse presidencial. 8:00 PM.
Sin firma.
No hacía falta.
Solo un hombre en la ciudad daba órdenes disfrazadas de invitaciones.
Elena observó el mensaje largo rato.
Podía ignorarlo. Debía ignorarlo.
Pero entonces recordó a Adrian. Recordó la sangre. La prisión. El hospital. Su bebé.
Y el odio ganó otra vez.
El ascensor privado se abrió directamente al penthouse.
Elena caminó sobre el mármol oscuro con el rostro frío, impecable.
Ventanales gigantes. Luces tenues. Un piano negro. Arte millonario. La ciudad brillando bajo la lluvia.
Pero lo más intimidante no era el lugar.
Era él.
Alexander estaba junto al ventanal, sirviéndose whisky. Traje negro. Corbata floja. Elegante incluso en la forma de respirar.
Cuando giró hacia ella, sus ojos grises recorrieron su cuerpo lentamente.
Sin prisa. Sin vergüenza. Sin disculpas.
El calor incómodo que le recorrió la piel la irritó.
—Llegas dos minutos tarde —dijo él.
—Y aun así me dejaste subir.
Una sonrisa mínima apareció en sus labios.
—Depende de cuánto valga la pena esperar.
Elena ignoró el comentario.
—¿Por qué estoy aquí?
Alexander caminó hacia ella con esa calma peligrosa que parecía parte de su ADN.
—Porque ambos queremos lo mismo.
—No somos aliados.
—Todavía.
Elena sostuvo su mirada.
—No confío en usted.
—Perfecto —respondió él—. La confianza vuelve débil a la gente.
Aquellas palabras le golpearon algo profundo. Demasiado profundo.
Alexander señaló la mesa.
—Siéntate.
No era una invitación. Era una orden.
Y aun así, Elena se sentó.
Alexander tomó asiento frente a ella. El silencio entre ambos era espeso. Casi íntimo.
—¿Qué sabe realmente sobre lo que ocurrió hace cinco años? —preguntó ella.
Alexander giró el vaso entre sus dedos.
—Sé que Adrian robó dinero usando empresas fantasmas.
Elena dejó de respirar.
—¿Qué?
—Y sé que necesitaba a alguien que cargara con la culpa.
La rabia le explotó en el pecho.
—Entonces sabía que era inocente…
—Sí.
Elena se levantó de golpe.
—¡¿Y no hizo nada?!
Alexander no parpadeó.
—En ese momento no me importabas.
El golpe emocional fue brutal. Cruel. Honesto.
—Qué encantador.
—No estoy intentando impresionarte, Elena.
Dejó el vaso sobre la mesa.
—Pero ahora sí me interesas.
Aquella frase cayó como un peso entre ambos.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Alexander la observó unos segundos.
—Porque sobreviviste.
Silencio.
—La mayoría se rompe después de perderlo todo —continuó él—. Tú regresaste más fuerte.
Elena tragó. Odiaba que él pudiera verla tan fácilmente. Odiaba aún más que parte de ella… lo disfrutara.
Alexander abrió una carpeta negra y la deslizó hacia ella.
—Míralo.
Elena dudó, pero la abrió.
Documentos. Transferencias. Fotos. Nombres. Empresas.
Y entonces lo vio.
La firma de Adrian.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Esto es…
—La prueba de que te utilizaron.
Sus ojos ardieron.
Cinco años. Cinco años sin poder demostrar su inocencia. Y esas pruebas habían existido todo ese tiempo.
—¿Por qué darme esto?
Alexander se levantó. Caminó hacia ella. Demasiado cerca.
Elena pudo oler su perfume. Oscuro. Elegante. Peligroso.
—Porque quiero destruirlos también.
Elena levantó la mirada.
—¿Por qué odia tanto a su familia?
Por primera vez, algo cambió en el rostro de Alexander. Algo frío. Algo viejo. Algo que dolía.
—Los Vance arruinan todo lo que tocan.
No lo dijo como una opinión. Lo dijo como un recuerdo.
Antes de que Elena pudiera preguntar más, Alexander levantó una mano y rozó un mechón de su cabello.
El contacto fue mínimo. Pero suficiente para incendiarle la piel.
Elena se tensó.
—No me toque.
Alexander no apartó la mirada.
—Entonces deja de mirarme así.
El corazón de Elena dio un golpe violento.
—¿Así cómo?
Él bajó la voz.
—Como si ya supieras que esto terminará mal.
El aire entre ellos se volvió sofocante. Peligroso.
Y por primera vez en muchos años…
Elena sintió miedo.
No del dolor. No del pasado.
Sino de desear demasiado a la persona equivocada.







