Mundo ficciónIniciar sesiónCinco años después…
—¿Estás segura de esto?
Elena no respondió de inmediato. Observaba Bogotá desde la ventana del penthouse, como si la ciudad pudiera darle una señal.
Seguía igual.
Fría. Ambiciosa. Podrida hasta los huesos.
La lluvia caía sobre los edificios de cristal, convirtiendo las avenidas en ríos de luces doradas y sombras que se movían como serpientes.
Cinco años. Cinco años soñando con este momento. Cinco años alimentando el odio que la mantuvo respirando cuando ya no tenía razones para hacerlo.
—Sí —dijo al fin—. Es hora de volver.
Su voz ya no era la misma. Había perdido la suavidad. La inocencia. Ahora era firme, elegante… peligrosa.
El chofer asintió y abrió la puerta del auto negro.
Elena descendió despacio.
Tacones negros. Vestido de seda oscura que abrazaba su cuerpo. Diamantes discretos. Labios rojos como una advertencia. Cabello largo cayendo como tinta sobre su espalda.
La antigua Elena Rostova había muerto en prisión. La mujer que regresaba esta noche… era otra cosa. Algo que la ciudad no estaba preparada para enfrentar.
La subasta benéfica de los Whitmore era el evento del año. Solo multimillonarios, políticos, empresarios. La misma gente que celebró su caída.
Los flashes explotaron cuando Elena apareció.
Y entonces ocurrió.
Silencio. Primero uno. Luego varios murmullos. Finalmente, shock absoluto.
—No puede ser… —¿Es Elena Rostova? —Pensé que seguía presa… —Dios mío…
Las cámaras comenzaron a disparar como si quisieran devorarla.
Elena caminó entre ellos sin detenerse. Como una reina que vuelve a reclamar lo que le arrebataron.
Pero por dentro, cada mirada le recordaba la noche que la destruyó. Las esposas. Las lágrimas. Su bebé.
El odio se movió dentro de ella como un animal dormido que despertaba.
Perfecto. Seguía ahí.
Al otro lado del salón, Adrian Vance dejó caer su copa. El cristal estalló contra el suelo.
Ni siquiera lo notó.
Solo podía mirar a Elena.
Pálido. Paralizado. Como si hubiera visto un fantasma.
—Eso es imposible… —murmuró.
Elena levantó la mirada. Sus ojos se encontraron después de cinco años.
El corazón de Adrian golpeó su pecho con violencia.
Elena estaba más hermosa que nunca. Pero lo peor no era eso.
Era la forma en que lo miraba.
Sin amor. Sin dolor. Sin rencor siquiera.
Como si fuera un desconocido. Como si él nunca hubiera significado nada.
Y eso lo destrozó más de lo que quería admitir.
—Adrian… —susurró Camila, aferrándose a su brazo—. ¿Qué hace ella aquí?
Camila también estaba aterrada. Porque Elena ya no parecía la mujer inocente que destruyeron.
Ahora parecía alguien capaz de destruirlos a ellos.
Elena sostuvo la mirada de ambos unos segundos. Luego sonrió.
Una sonrisa pequeña. Fría. Letal.
Y siguió caminando.
Ese gesto fue peor que cualquier escándalo. Porque significaba que ya no les tenía miedo.
—Interesante.
La voz masculina detrás de Adrian era grave, tranquila… peligrosa.
Alexander Vance.
Incluso entre multimillonarios, Alexander imponía respeto. O miedo. O ambas cosas.
Alto. Elegante. Impecable. Con un traje oscuro que parecía hecho para un rey cruel.
Las mujeres lo miraban con deseo. Los hombres, con cautela.
Alexander no era solo rico. Era un depredador vestido de lujo.
Y en ese momento, observaba a Elena con una atención inquietante.
—¿La conoces? —preguntó Adrian, tenso.
Alexander bebió un sorbo de whisky.
—Claro.
Sus ojos grises siguieron a Elena entre la multitud.
—Es difícil olvidar a una mujer que toda la ciudad intentó enterrar viva.
Adrian apretó la mandíbula.
—No deberías involucrarte.
Alexander sonrió apenas.
—¿Eso fue una advertencia?
—Es una mujer problemática.
—Las mujeres peligrosas suelen ser las más interesantes.
Camila sintió un escalofrío. Alexander jamás hablaba así de nadie.
Jamás.
Elena tomó una copa de champagne, fingiendo observar las obras de arte. Pero en realidad analizaba cada reacción.
Miedo. Curiosidad. Escándalo.
Perfecto.
Todos recordaban lo que pasó. Y eso era exactamente lo que ella quería.
—Volviste más rápido de lo que esperaba.
Elena sintió la presencia antes de girarse.
Alexander Vance.
Más imponente de cerca. Más peligroso. Más… intrigante.
Sus ojos grises parecían capaces de desnudar secretos. Y la forma en que la miraba hizo que algo incómodo recorriera su cuerpo.
No miedo. Algo peor.
Atracción.
Ella sostuvo la mirada.
—¿Debería sentirme halagada de que el gran Alexander Vance me recuerde?
—No eres fácil de olvidar.
La respuesta llegó demasiado rápido. Demasiado honesta.
Alexander no la miraba con lástima. Ni con desprecio. Ni con morbo.
La miraba como si quisiera entenderla. Como si supiera lo rota que estaba… y aun así la encontrara fascinante.
Eso la puso nerviosa.
—Pensé que los Vance preferían mantenerse lejos de las criminales.
Alexander sonrió. Una sonrisa peligrosa.
—Yo nunca creí que fueras culpable.
Elena dejó de respirar un segundo.
Cinco años. Cinco años esperando escuchar eso.
Pero enterró la emoción de inmediato.
—Qué conveniente decirlo ahora.
Alexander dio un paso más. El aire entre ellos cambió.
Pesado. Íntimo. Prohibido.
—No vine a hablar del pasado, Elena.
—Entonces ¿qué quiere de mí?
Él la observó lentamente.
—La verdadera pregunta es… ¿qué quieres tú?
Elena sostuvo su mirada. Y por primera vez en años, dejó de fingir.
—Venganza.
Alexander no se sorprendió. Solo sonrió con interés.
—Lo imaginé.
Elena frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Alexander miró hacia Adrian. Luego volvió a ella.
Y en sus ojos apareció algo oscuro. Algo personal.
—Que quizá tenemos enemigos en común.
Elena sintió un escalofrío.
Alexander Vance no solo odiaba al mundo. También odiaba a su propia familia.
Y hombres como él… eran capaces de destruir imperios enteros cuando tenían una razón suficiente.
—¿Por qué me ayudaría? —preguntó ella.
Alexander inclinó la cabeza. Sus ojos bajaron un segundo a los labios de Elena antes de volver a subir.
—Porque me intrigas.
La tensión se volvió sofocante.
Elena sintió su corazón acelerarse. Y eso la enfureció.
No podía sentir nada. Mucho menos por un Vance.
Alexander sacó una tarjeta negra. Elegante. Minimalista. Peligrosa.
—Llámame cuando estés lista para destruirlos.
Elena tomó la tarjeta sin apartar la mirada.
Y por primera vez desde que salió de prisión…
tuvo miedo.
No de Adrian. No de Camila.
Sino del hombre frente a ella.
Porque Alexander Vance parecía exactamente el tipo de hombre capaz de ayudarla a vengarse…
y destruirla en el proceso.







