Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl olor a humedad y cloro era tan fuerte que Elena sentía que cada respiración le raspaba la garganta. La prisión olía a abandono. A miedo viejo. A vidas rotas.
Las paredes grises parecían moverse, cerrándose sobre ella como si aquel lugar estuviera vivo… y disfrutara devorar a los que llegaban destruidos.
Y Elena ya estaba destruida.
La puerta metálica se cerró detrás de ella con un golpe seco que le atravesó el pecho.
—Muévete, princesa —gruñó una guardia empujándola.
Elena tropezó. Las mujeres dentro de la celda levantaron la mirada al mismo tiempo.
Silencio. Un silencio que cortaba.
Una carcajada estalló.
—Miren eso… una muñequita rica.
Otra silbó.
—¿Qué hiciste? ¿Matar al marido millonario?
Elena se abrazó a sí misma. No respondió. No podía.
Tenía miedo. Un miedo que le apretaba la garganta.
Nunca había estado sola. Nunca. Siempre hubo choferes, asistentes, seguridad… Pero ahí dentro no había nadie. Ahí dentro no existía el apellido Vance. Ni el dinero. Ni la protección.
Esa noche casi no durmió. Cada ruido la hacía saltar.
Gritos. Golpes. Llanto. Insultos.
La prisión era un monstruo despierto que jamás cerraba los ojos.
Acostada en aquella cama dura, Elena apretó una mano sobre su vientre.
Su bebé. Lo único que le quedaba. Lo único que no estaba contaminado.
—Voy a protegerte… —susurró entre lágrimas—. Lo prometo.
Pero incluso ella sabía que era mentira. No podía protegerse ni a sí misma.
Los días siguientes fueron un infierno.
Las noticias sobre “la esposa criminal de Adrian Vance” estaban en todas partes. Las reclusas comenzaron a reconocerla.
Y el odio llegó rápido.
—Oye, multimillonaria —se burló una mujer mientras Elena hacía fila—. ¿No trajiste caviar?
Risas. Más risas.
Elena bajó la mirada. Solo quería sobrevivir.
Pero en prisión, la debilidad era sangre en el agua.
Alguien le empujó la bandeja. La sopa cayó sobre su uniforme.
—Ups.
Más risas.
Elena respiró hondo. No lloraría. No les daría ese placer.
Esa noche, mientras intentaba limpiar la mancha en el pequeño lavabo, escuchó una voz detrás de ella.
—Así que tú eres Elena Rostova.
Elena giró.
Vera. Alta, tatuada, peligrosa. Todas le temían.
—Sí… —murmuró Elena.
Vera sonrió con malicia.
—Dicen que tu esposo te cambió por tu mejor amiga.
Risas suaves. Crueles.
Elena sintió el pecho arder.
—No quiero problemas.
—Qué lástima —susurró Vera acercándose—. Aquí los problemas te encuentran solos.
Elena retrocedió. Vera tomó un mechón de su cabello.
—Demasiado bonita para durar mucho aquí.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Y entendió algo horrible:
En prisión, ser hermosa también era un peligro.
Las semanas pasaron lentas. Pesadas. Elena dejó de contar los días.
A veces se quedaba mirando la pared durante horas. Vacía. Intentando no recordar.
Pero todo le recordaba a Adrian. El sonido de un reloj. El olor del whisky. Los trajes negros. Las noches en que él la abrazaba prometiendo que jamás permitiría que alguien la lastimara.
Mentiras. Todo habían sido mentiras.
Una mañana, una guardia golpeó los barrotes.
—Rostova. Visitas.
El corazón de Elena dio un salto. Por un segundo creyó que Adrian había ido a verla.
Qué ingenua seguía siendo.
La llevaron a la sala de visitas.
Y ahí estaba Camila.
Perfecta. Hermosa. Vestida como Elena solía vestirse antes de que su vida se derrumbara.
La rabia le revolvió el estómago.
Camila tomó el teléfono.
—Hola, Elena.
Elena no respondió. Solo la miró con un odio que jamás pensó sentir.
—No vine a pelear —dijo Camila.
—Entonces lárgate.
Camila suspiró.
—Adrian quiere que firmes los papeles del divorcio.
Elena sintió que el mundo se inclinaba.
Camila deslizó los documentos.
—Si firmas, todo será más fácil.
—¿Más fácil? —Elena soltó una risa rota—. Me robaste a mi esposo. Me destruyeron la vida. ¿Y hablas de facilidad?
Camila bajó la mirada un segundo. Pero no había arrepentimiento.
—Tú nunca perteneciste a ese mundo.
—¿Y tú sí? —escupió Elena.
Silencio.
Elena sonrió con amargura.
—Dime… ¿desde cuándo se acuestan?
Camila apretó la mandíbula.
—Eso ya no importa.
—Claro que importa —susurró Elena, con lágrimas quemándole los ojos—. Eras mi hermana.
Camila no la miró. Y eso dolió más que todo.
—Firma —murmuró—. Adrian ya siguió adelante.
Elena sintió algo romperse dentro de ella. Tomó el bolígrafo. Y firmó.
Porque ya no quedaba nada que salvar.
Esa noche, Elena vio a Adrian en televisión. Sonriendo junto a Camila. Felices. Perfectos.
Como si ella jamás hubiera existido.
—Tu marido no perdió tiempo —se burló una reclusa.
—Los ricos nunca lloran mucho —añadió otra.
Elena sintió lágrimas arder. Pero no lloró.
Solo miró la pantalla. Memorizando. Sintiendo cómo el odio crecía dentro de ella. Frío. Oscuro. Peligroso.
Tres meses después, llegó la tragedia.
Una pelea estalló en el comedor. Gritos. Golpes. Guardias corriendo.
Elena intentó alejarse. Solo quería proteger a su bebé.
Pero alguien la empujó. Cayó contra una mesa metálica.
El golpe en el abdomen fue brutal.
Un dolor insoportable la atravesó.
Y luego sintió la sangre. Caliente. Demasiada.
—¡No… no…! —gritó.
Cayó de rodillas.
—¡Mi bebé! ¡Ayuda!
Nadie la escuchó. Nadie la vio.
Elena gritaba mientras la sangre manchaba el suelo.
—¡POR FAVOR!
Una guardia corrió hacia ella. Pero ya era tarde. Elena lo sabía.
Su bebé se estaba muriendo.
El hospital de la prisión era frío. Lejano. Borroso.
Un médico apareció.
—Lo siento…
Elena dejó de respirar.
—No…
—No pudimos salvar al bebé.
El mundo se derrumbó. Elena soltó un sonido que ni siquiera parecía humano.
Su hijo. Su pequeño. Lo único que la mantenía viva.
Se había ido.
Y ella no pudo protegerlo.
Miró la ventana oscura. Vacía. Muerta por dentro.
Y por primera vez desde que entró en prisión…
dejó de amar.
Solo quedó odio. Un odio tan profundo que daba miedo.
Elena cerró los ojos. Una lágrima cayó.
Y en ese silencio helado, juró algo que cambiaría su vida para siempre.
—Voy a destruirlos a todos.







