Mundo ficciónIniciar sesiónLa mano de Alexander en su cintura era firme. Caliente. Demasiado firme.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras él la guiaba hacia el centro del salón. Todas las miradas los siguieron. Todas.
La exesposa caída de los Vance… bailando con el hombre más temido de la familia.
El escándalo estaba servido.
La música suave envolvió el salón cuando Alexander acercó su cuerpo al de ella. Demasiado cerca. El calor masculino atravesaba la tela de su vestido. El aroma oscuro de su perfume la envolvía. Podía escuchar incluso su respiración tranquila.
Y eso la irritó.
Porque ella no reaccionaba así ante nadie. Ya no.
—Todos están mirando —murmuró Elena.
—Ese era el objetivo.
La sinceridad brutal de ese hombre siempre la tomaba por sorpresa. Alexander no fingía. No disfrazaba nada. Y eso era… adictivo.
Elena levantó la mirada.
—¿Siempre manipulas a las personas tan descaradamente?
Una sonrisa mínima apareció en sus labios.
—Solo cuando vale la pena.
Su mano descendió apenas sobre la espalda de ella. Un movimiento pequeño. Pero suficiente para acelerar su pulso.
Maldito hombre.
—Disfrutas provocando a Adrian —susurró Elena.
—Disfruto observando cómo pierde el control.
Alexander giró con ella al ritmo de la música. Elegante. Preciso. Dominante.
Incluso bailando parecía un hombre acostumbrado a controlar absolutamente todo.
—¿Lo odias tanto? —preguntó Elena.
Los ojos grises se oscurecieron.
—No tienes idea.
Aquello sonó personal. Muy personal.
Antes de que pudiera preguntar más, Alexander murmuró:
—Míralo.
Elena giró apenas la cabeza.
Adrian seguía observándolos. Pero ahora ya no intentaba disimular.
Su expresión era oscura. Violenta. Celosa.
Y una satisfacción fría recorrió el pecho de Elena.
Después de todo lo que él le hizo… merecía sufrir.
—Parece que tu exesposo acaba de recordar que existes —susurró Alexander cerca de su oído.
El calor de su voz la hizo tensarse.
Demasiado cerca. Demasiado todo.
—No me interesa Adrian.
—Entonces deja de mirarlo.
Elena apretó la mandíbula. Odiaba que él pudiera leerla tan fácilmente.
Alexander inclinó la cabeza, estudiándola.
Y por un segundo, el resto del salón desapareció. Solo quedaron ellos dos. La música. La tensión. Y esa sensación peligrosa creciendo entre ambos.
—¿Sabes qué veo cuando te miro? —preguntó él.
Elena intentó mantener el control.
—No me interesa.
—Veo a una mujer furiosa intentando convencerse de que ya no siente nada.
El golpe fue directo. Cruel. Verdadero.
Parte de ella seguía rota. Parte de ella seguía sangrando. Y eso la enfurecía.
—No me conoces —susurró.
Alexander acercó el rostro al suyo.
—Creo que te conozco mejor de lo que imaginas.
Elena dejó de respirar un segundo. La intensidad en sus ojos era peligrosa. Como si él pudiera ver exactamente qué partes de ella estaban destruidas… y aun así desearlas.
La canción terminó. Pero ninguno de los dos se movió.
Alexander seguía sosteniéndola. Demasiado cerca.
Entonces una voz cortó el momento.
—Necesito hablar contigo.
Adrian.
Elena sintió cómo el cuerpo de Alexander se tensaba apenas. Pero cuando giró, él ya había recuperado su calma aterradora.
Adrian se acercó. Su mirada pasó de Alexander a Elena. Y luego a la mano masculina aún en su cintura.
La furia fue inmediata.
—A solas —exigió Adrian.
Alexander soltó una risa sin humor.
—No sabía que todavía dabas órdenes sobre ella.
El golpe fue directo. Adrian apretó la mandíbula.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
—Ahora sí.
El silencio entre ambos se volvió peligroso. Viejo. Personal.
Elena entendió que aquello iba mucho más allá de ella.
—Alexander —dijo Adrian—, no conviertas esto en un problema familiar.
Los ojos grises brillaron.
—La familia Vance siempre ha sido un problema.
La tensión era real. Oscura. A punto de estallar.
Elena intervino.
—Déjanos solos.
Alexander la observó unos segundos. Como si evaluara si debía obedecer.
Finalmente soltó su cintura. Pero antes de alejarse, inclinó la cabeza hacia ella.
—Ten cuidado con él —murmuró.
Y se marchó.
Elena odió el vacío inmediato que dejó.
Adrian esperó a que Alexander desapareciera antes de hablar.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Elena lo miró con frialdad.
—Bailando.
—No juegues conmigo.
Esa voz. Autoritaria. Controladora.
La misma de antes.
Pero esta vez Elena no sintió miedo.
—Ya no eres mi esposo, Adrian.
Él dio un paso más cerca.
—Alexander no es un hombre con el que debas involucrarte.
Elena soltó una risa amarga.
—Curioso. Hace cinco años tampoco te preocupaba demasiado mi seguridad.
El golpe lo dejó en silencio.
Por primera vez desde que ella regresó… Adrian parecía afectado de verdad.
—Las cosas no ocurrieron como crees —dijo finalmente.
Elena sintió rabia inmediata.
—¿Ah no?
—Yo no quería que fueras a prisión.
Ella lo miró fijamente. Y sonrió. Una sonrisa sin alma.
—Sigues siendo un mentiroso terrible.
Adrian pasó una mano por su cabello, frustrado.
—No entiendes lo que estaba ocurriendo en ese momento.
—Entonces explícame.
Silencio.
Él no respondió. Porque no podía. Porque decir la verdad implicaría admitir todo.
—Eso pensé.
Elena intentó alejarse. Adrian la sujetó del brazo.
El contacto fue suficiente para que algo oscuro explotara dentro de ella.
Un recuerdo. Prisión. Sangre. Dolor.
Elena apartó el brazo como si él la hubiera quemado.
Adrian se congeló. Porque vio el miedo en sus ojos.
Y eso lo destruyó.
—Elena…
—No vuelvas a tocarme.
Su voz era fría. Pero tembló apenas.
Adrian lo notó. Y algo dentro de él se quebró.
—Yo jamás quise hacerte daño.
Elena sintió ganas de reír y llorar al mismo tiempo.
—¿Sabes qué es lo más triste?
Sus ojos ardieron.
—Que durante años seguí esperando que dijeras eso antes.
Adrian abrió la boca. Pero ya era tarde.
Algo dentro de Elena había muerto.
Ella retrocedió.
—Ahora solo eres un extraño para mí.
Y esas palabras lo destruyeron más que cualquier venganza.







