La lluvia golpeaba los ventanales de la Mansión Vance como si el cielo intentara arrancar la suciedad de una ciudad llena de millonarios y mentirosos.Elena Rostova observó su reflejo en el cristal, con la pequeña caja blanca escondida dentro de su bolso. Sus dedos temblaban.No de miedo. De felicidad.Dentro de esa caja estaba la prueba de que, después de tres años de un matrimonio frío y distante, aún quedaba algo capaz de salvarlos.Un bebé. Su bebé. El hijo de Adrian Vance.Por primera vez en meses, Elena sentía esperanza.—Señora Vance, los invitados ya comenzaron a llegar —anunció una empleada con una sonrisa impecable.Elena asintió, respiró hondo y se giró hacia el salón iluminado por lámparas de cristal. La gala benéfica anual de los Vance: políticos, empresarios, celebridades… y sonrisas falsas por todas partes.Bajó las escaleras de mármol mientras decenas de miradas se clavaban en ella. Su vestido plateado abrazaba su figura con elegancia. El cabello oscuro caía en ondas s
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