La mañana trajo su propia incertidumbre. Elena Montenegro se levantó asustada porque Jorge estaba asfixiándose; palmeó su pecho tal como lo dijo el médico y llamó a su hijo Jeremy para que la ayudara a colocar el oxígeno.
—Vamos papá, mírame por favor, eso es, vamos. Tranquilo —la voz suave y sosegada de Jeremy lo fue tranquilizando poco a poco—. Eso es, viejo, respira suave, poco a poco —masajeó su corazón en el pecho del hombre mientras su madre abría la bombona de oxígeno—. ¡Muy bien pa, lo estás haciendo perfecto!
Los ojos del hombre lagrimearon y se enrojecieron ante el dolor y, sobre todo, por la desesperación que había sentido al verse sin aliento. Elena sollozó bajito al acomodarle la almohada para que se sintiera más cómodo, mientras Jeremy lo levantaba por los hombros para recostarlo y que, de ese modo, pudiera respirar mejor.
—Gra... Gracias... Hijo —Jeremy no respondió, solo asintió con la cabeza sintiendo cómo sus ojos se llenaban de lágrimas—. Elena, mi... Mi amor —ella