El teléfono de Elena Montenegro se encontraba en la mesita de luz y, cuando repicó, ella brincó temerosa. Lo dejó sonar unas cuatro veces y, cuando se decidió a responder, tomó una bocanada de aire para tranquilizarse.
—Elena —la voz de Leonid se escuchó grave y contundente—. ¿Háblame de Jorge?
A Elena las manos le temblaban y una tristeza imposible de aliviar se apoderó de su cuerpo. Las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos y los sollozos, aunque trató de retenerlos, se escucharon sin poderlo evitar.
—Sr. Volkov, es... —suspiró entrecortadamente para detener las lágrimas—. ¡Qué placer! Ha pasado tanto tiempo.
—Ahorrémonos los formalismos, Elena, por favor. Necesito enterarme de la situación de salud que presenta Jorge —dijo él, directo, contundente, objetivo y neutral como siempre.
Pero esta vez Leonid se encontraba genuinamente interesado en lo que aquejaba a Jorge Montenegro.
—Presentó un dolor agudo en el pecho y, cuando llegamos al... —esperó ahora pacientemente a que ella se