El teléfono de Elena Montenegro se encontraba en la mesita de luz y, cuando repicó, ella brincó temerosa. Lo dejó sonar unas cuatro veces y, cuando se decidió a responder, tomó una bocanada de aire para tranquilizarse.
—Elena —la voz de Leonid se escuchó grave y contundente—. ¿Háblame de Jorge?
A Elena las manos le temblaban y una tristeza imposible de aliviar se apoderó de su cuerpo. Las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos y los sollozos, aunque trató de retenerlos, se escucharon sin poder