El jet privado rompió el manto de nubes que cubría el condado de Westchester exactamente a las 5:40 de la tarde. Desde la ventanilla, Valeria observó cómo las luces de la ciudad de White Plains comenzaban a titilar entre la vegetación, como diamantes arrojados sobre una alfombra de terciopelo verde. El descenso fue suave, pero para ella, cada metro que el avión bajaba se sentía como una caída libre hacia un pasado que juró dejar atrás.
En el interior de la cabina, el silencio era casi absoluto, roto solo por el susurro de los motores y el leve ronquido de Liam. El niño se encontraba profundamente dormido en los brazos de Lyon Valter. Lyon, un hombre de pocas palabras y movimientos felinos, había resultado ser una ayuda fantástica; tenía una paciencia infinita con el pequeño, una ternura que contrastaba con la funda de su arma que asomaba bajo la chaqueta.
Cuando las ruedas tocaron la pista privada, Valeria sintió un escalofrío. Estaba de vuelta en el estado de Nueva York. El aire de C