Leónid bajó la escalera hasta el recibo con el maletín en la mano y una sonrisa que amenazaba con partir su cara en dos, lo que dejó perplejos a Mike Lauren y a Antoine Kirill. Ambos se miraron tratando de descifrar el porqué de su felicidad si la noche anterior parecía una hidra de mil cabezas queriendo asesinar a todos.
—Buenos días caballeros —entregó el maletín a su chofer, procedió a ajustarse las mangas de la chaqueta. Dino arribó con una charola en la mano que tenía una taza de humeante