Leónid bajó la escalera hasta el recibo con el maletín en la mano y una sonrisa que amenazaba con partir su cara en dos, lo que dejó perplejos a Mike Lauren y a Antoine Kirill. Ambos se miraron tratando de descifrar el porqué de su felicidad si la noche anterior parecía una hidra de mil cabezas queriendo asesinar a todos.
—Buenos días caballeros —entregó el maletín a su chofer, procedió a ajustarse las mangas de la chaqueta. Dino arribó con una charola en la mano que tenía una taza de humeante café fuerte y sin azúcar —. Gracias Dino —el hombre hizo una reverencia casi con la mandíbula desprendida.
—¿Quiere su… almuerzo en el comedor o en la terraza como todos los domingos? —negó.
—No te preocupes Dino, almorzaré con unos socios —el hombre asintió con otra reverencia —. Lleva el almuerzo a mi esposa en la recamara —silencio. Solo fue roto por las palabras del chef.
—¿A cuál recamara, señor? —Leónid colocó la taza vacía en la misma charola.
—En la mía, donde siempre tuvo que haber esta