Luego de darse un banquete con el almuerzo gourmet y que los intrusos hubieran salido de la habitación de Leónid. Valeria se dispuso a hurgar un poco en sus cosas. Descubrió que tenía una pequeña biblioteca con libros de texto y novelas de todo tipo. Encontró una en particular que llamó su atención, pero la descartó enseguida ya que lo que estaba buscando no era leer si no encontrar debilidades para poder partir de ese punto. El baño era un santuario masculino deliciosamente organizado con enceres que olían exclusivamente a Leónid Volkov. Hasta pensó que había patentado ese aroma porque desde que lo conoció, olía igual: de maravillas. Se paseó por toda la habitación y el armario donde cada tramo era una oda al orden y el control; cada traje, camisa, sudadera y hasta la ropa con la que hacía deporte estaba debidamente colgada. Era el templo de la organización.
Suspiró.
Todo se veía en orden y demasiado arreglado para su gusto tomando en cuenta el hecho de que Leonid y Volkov, era el ho