—¿Una copa, querida Anya? —la rubia colgó una sonrisa cordial ante el asco que sentía de que el hombre la mirara. Hoy te veo especialmente radiante —la sonrisa de él fue de puro descaro al recordar el encuentro en el apartamento de ella.
—Gracias —tomó la copa y apretó bajo su brazo el pequeño bolso que abrigaba un lápiz labial, una daga filosa y su pistola calibre veintidós.
Mientras la sonrisa del hombre mostraba arrogancia, la de ella reflejaba malicia, odio y rencor hacia el hombre que, def