El contacto de sus palmas se sintió como un fuego que les recorrió el cuerpo a ambos. Leónid Volkov se quedó clavado al suelo, como si sus pies fueran de plomo. El calor de la mano de Valeria le quemó la piel y le mandó una descarga eléctrica por toda la espalda que le erizó hasta el último pelo de la nuca. A Valeria se le disparó el pulso; el corazón le golpeaba las sienes como un tambor de guerra, pero no dejó que se le notara nada. Su cara siguió siendo esa máscara de hielo perfecta. Ni un s