Sin rastro de moral.
La realidad cayó sobre ellos como un balde de agua helada, destruyendo la ilusión en un milisegundo. Kateryn, al ver quién llamaba, sintió un vuelco de pánico en el estómago e intentó incorporarse de nuevo para salir de la cama. Sin embargo, Sebastián no respondió al llamado; ignoró olímpicamente el aparato, usó su peso para regresarla contra el colchón y se posicionó firmemente sobre ella, bloqueándole cualquier intento de huida.
—Sebastián, basta... Debemos irnos —insistió ella, apoyando