La ilusión de la noche.
Pronto, el calor de sus cuerpos comenzó a arder con fuerza, encendido por la desesperada necesidad de sentir más.
Sebastián desabotonó su propia camisa y se la quitó de un solo tirón, arrojándola a algún lugar de la oficina sin romper el contacto. Sentía la lengua tibia de Kateryn enredándose con la suya en un reclamo desesperado que le borraba la cordura. Ella, cediendo por completo al magnetismo que la consumía, se adueñó de inmediato de su pecho desnudo, recorriendo la firmeza de su piel c