Indiferencia restaurada.
Al cruzar las puertas de cristal del edificio, una silueta alta y familiar apareció de inmediato ante sus ojos. Era Alexander, quien había llegado sumamente temprano con la única intención de esperarla y asegurarse de que estuviera bien. Al verla cojear y notar la dolorosa mueca en su rostro limpio, Alex acortó la distancia con total caballerosidad y le ofreció su brazo firme.
—Kat, ¿te sigue doliendo el pie? —preguntó con una dosis infinita de ternura.
—Solo un poco —mintió ella en un susu