POV: Catalina
La carpeta de cuero color coñac seguía en mi regazo, inmóvil, pesada. No era un peso físico, aunque las páginas de su interior sumaban cientos de gramos de papel y tinta. Era un peso gravitacional. Pesaba como un pecado mortal recién confesado pero aún no absuelto.
Mariam Al-Rasheed me observaba desde su diván elevado. El humo de su cigarrillo delgado ascendía en espirales perezosas hacia el techo artesonado, creando una cortina gris y difusa entre nosotras. Una frontera invisible, pero infranqueable, entre la madre que acababa de vender a su hijo y la esposa que planeaba ejecutarlo.
El silencio en el Majlis era denso, casi sólido. Solo el zumbido distante del aire acondicionado, luchando contra el calor implacable del desierto exterior, rompía la quietud.
—Ahora tienes la munición —dijo ella, su voz ronca rompiendo el silencio como el crujido de una rama seca—. Tienes los nombres, las fechas, los cadáveres.
Se inclinó hacia adelante, saliendo de la penumbra. El oro maci