POV: Catalina
El sonido fue pequeño. Metálico. Definitivo.
Clic.
No fue un disparo. No fue un grito.
Fue el sonido del acero cerrándose alrededor de las muñecas de Khalid Zahir Al-Rasheed.
Lo observé desde la terraza de la villa, con la manta térmica de la policía sobre mis hombros.
No sentí alegría. La alegría es una emoción ruidosa, y este momento requería silencio.
Sentí paz.
Una paz antigua y profunda, como el mar que nos rodeaba.
Dos agentes de la Interpol, altos y serios, levantaron a Khalid de la arena.
Él no se resistió.
Había gastado toda su furia, todo su dinero y todas sus amenazas. Ahora estaba vacío.
Caminó hacia el muelle.
Pero antes de subir a la lancha, se detuvo.
Los agentes intentaron empujarlo, pero él clavó los talones en la madera.
Giró la cabeza.
Buscó.
Buscó entre la multitud de uniformes y luces estroboscópicas. Buscó entre las sombras de las palmeras.
Me buscó a mí.
Nuestras miradas se cruzaron a través de la distancia.
Vi sus ojos.
Ya no eran los ojos del dep