POV: Vivienne
El mar, que había sido escenario de una cacería salvaje, se convirtió de repente en un desfile de luces azules y rojas.
Vivienne Delacroix-Salib observó el desembarco desde la orilla.
No eran mercenarios. No eran matones privados.
Eran la autoridad.
Tres lanchas rápidas de la Policía de Dubái, flanqueadas por una embarcación negra y sin marcas de la Interpol.
El despliegue era masivo. Aéreo y marítimo.
El ruido de los rotores y los motores ahogaba el sonido de las olas. Hombres uniformados, con chalecos tácticos y rifles de asalto, saltaron a la arena, formando un perímetro de seguridad instantáneo alrededor de la villa.
—¡Policía! ¡Todo el mundo al suelo! —gritó un oficial por el megáfono.
Los hombres de Volkov, profesionales hasta el final, bajaron sus armas y levantaron las manos, identificándose como "seguridad privada autorizada".
Dante y Catalina se quedaron quietos, abrazados.
Pero Vivienne dio un paso al frente.
Se ajustó la chaqueta de su traje, manchada de sali