POV: Catalina
El rugido de las aspas del helicóptero era ensordecedor.
Pero para mí, sonaba a música celestial.
El agente de la Interpol nos hizo señas para que subiéramos.
Dante subió primero y me tendió la mano.
Su mano estaba sucia, cubierta de arena y sangre seca, pero su agarre era firme. Me izó hacia la cabina.
Me senté y me abroché el cinturón de seguridad.
A mi lado, se sentó Sera. Luego Layla. Luego Vivienne. Y finalmente Zara, que se abrazaba a su mochila llena de discos duros como si fuera un osito de peluche.
Estábamos apretadas. Hombro con hombro. Rodilla con rodilla.
Olíamos a humo, a mar, a sudor y a miedo viejo.
Pero nadie se quejó.
El piloto levantó el pulgar.
El motor aceleró.
Sentí esa sensación de ingravidez en el estómago cuando el patín del helicóptero se separó del suelo.
Subimos.
La isla "Groenlandia" se hizo pequeña.
Vi la villa de hormigón donde Khalid me había encerrado. Vi la playa donde había caído de rodillas. Vi las luces azules de las lanchas policiales