POV: Catalina
La lancha policial con Khalid se alejaba, rebotando sobre las olas negras.
Sus gritos ya no se oían.
Pero el silencio que dejó atrás era peligroso.
La playa estaba llena de agentes de policía, hombres de Volkov y mercenarios confundidos que no sabían a quién obedecer. Era un caos. Y en el caos, las pruebas desaparecen.
Me sequé las lágrimas de la risa histérica que había compartido con Sera.
—Se acabó la fiesta —dije. Mi voz cambió. Ya no era la voz de la esposa liberada. Era la voz de la General—. Ahora empieza el trabajo sucio.
Me giré hacia mis hermanas.
—Sera, Layla. Necesito que vayáis a la villa. Ahora.
—¿A la casa? —preguntó Layla, sacudiéndose la arena de su túnica—. ¿Para qué? La policía va a precintarla.
—Exacto. —Señalé hacia la colina—. Si la precintan, no podremos entrar. Y hay cosas allí dentro que no pueden quedar en manos de un teniente de policía que podría ser sobornable.
Sera entendió al instante.
—La bóveda.
—El servidor físico —confirmé—. Zara tiene