POV: Catalina
La entrada de servicio del sótano estaba a solo diez metros.
Podía ver el panel de control parpadeando en la oscuridad.
Dante me apretaba la mano. Corría a mi lado, cojeando, respirando con dificultad.
—¡Ya casi estamos! —jadeó.
Pero entonces, las luces de emergencia del pasillo se encendieron de golpe.
Un resplandor rojo, intermitente, que nos cegó.
Y una voz.
—Alto.
No fue un grito. Fue una orden dicha con la calma de un psicópata.
Nos detuvimos en seco.
Al final del pasillo, bloqueando la única salida, estaba Khalid.
No llevaba el rifle de caza. Lo había tirado.
Ahora sostenía una pistola negra, pequeña y letal, apuntando directamente al pecho de Dante.
—Un paso más —dijo Khalid, con una sonrisa que mostraba demasiados dientes—, y el periodista escribe su necrológica.
Dante se puso delante de mí instintivamente.
—Déjala ir, Khalid. Se acabó. La policía está en el muelle.
—La policía tarda diez minutos en llegar aquí abajo —respondió él—. Yo tardo un segundo en apretar