16. Inquietud
Gerardo se mantiene quieto, divisando al bebé unos segundos más. Cuando se vuelve a poner de pie, sus ojos siguen en el niño, justo cuando las dos monjas regresan despavoridas y cansadas de la larga corrida.
Sin embargo, Gerardo no aparta la mirada del bebé.
Una extraña sensación lo abarca de pies a cabeza.
—¡Señor! ¡Dios! ¡Perdónenos, señor! —una de ellas lo alcanza, tragando saliva para calmarse—, el pobre bebé…¡Imelda, lo dejaste solo!
—¡Es que tú me llamaste! —la segunda monja responde, exc