Su loba agitó la cola y suspiró feliz cuando Adrien colocó su mano sobre su abdomen bajo, proporcionando caricias en la zona que pronto mostraría una ligera curva y crecería junto con el cachorro. Después de todo, iba a acariciar, acunar y ver crecer a su propia sangre.
—Si hace unos años me hubieran contado esto, probablemente hubiese reído y dicho que esta era sólo una ilusión perdida —la menor curvó una sonrisa en sus labios—. Estaba tan convencida, de verdad creí que nunca tendría un hijo.