Mundo ficciónIniciar sesiónDespués de caminar varios minutos, por fin salí del bosque. Llegué a una explanada de césped verde. No muy lejos había una colina y en la cima podía ver un árbol frondoso y solitario que se mecía suavemente con la brisa.
Llegue hasta él y me deje caer. Mire hacia la ciudad, detrás de aquel bosque. El humo se elevaba en el cielo y el resplandor por el fuego se veía a pesar de la distancia. ¿Cómo había pasado? ¿Por qué? Y más importante, ¿qué demonios hacia yo allí adentro? Se supone que había abandonado a esa ciudad hace años. A mis padres… Entonces lo sentí. Esta vez me deje llevar. En cuanto sentí el dolor, cerré los ojos y relajé mi cuerpo. De todos modos, no podía evitarlo. Cuando desperté, esta vez estaba a la intemperie. Pero curiosamente ahora yo no era Aldric. Estaba observando todo, casi como si fuera un fantasma. Pude ver a Aldric a las afueras de la ciudad. No se veía en condiciones. Se tambaleaba y se detenía cada pocos segundos para vomitar, aunque al final no lo hacía. Era obvio que se encontraba ebrio. Al entrar por las enormes puertas que atravesaban las murallas, poco le importó el cambio tan drástico en el pueblo, que parecía atravesar de nuevo un momento difícil. Varias casas y locales parecían abandonados debido al precario estado en el que estaban, pero Aldric estaba tan absorto en sus pensamientos y tan mareado por la borrachera que ignoró todo a su alrededor. Era tan extraño ver aquel pueblo de nuevo, esta vez no estaba envuelto en llamas, pero aun así se podía sentir la soledad y enfermedad que asolaban al lugar. Llegó a la residencia de los Hawke. Aquella casa que se convirtió en la jaula de Aldric por tantos años. Tocó la puerta con fuerza, sin importar que a esas horas de la noche todos debieran estar dormidos. Su corazón latía con furia mientras los recuerdos de su infancia cruzaban su mente. No pasó mucho tiempo hasta que una figura delgada y demacrada, que parecía encogerse ante el paso del tiempo, abrió la puerta. Era Gideon y estaba visiblemente más pequeño, aun mas que aquella ultima vez que lo vi. —Hola, padre. ¿Me recuerdas? —dijo Aldric, arrastrando las palabras, con su voz quebrándose entre el resentimiento y la ira. Gideon lo miró con ojos desorbitados, incapaz de procesar la imagen de su hijo. — ¡Pasé 16 años de mi vida soportando tus maltratos, tus golpes, tus insultos! ¿Y ahora no tienes nada que decir? ¿Dónde está mi madre? ¡Ella fue la peor de los dos! Solo viendo cómo me destruías... —Las palabras de Aldric salieron con una intensidad desgarradora con el alcohol desbordando sus emociones reprimidas. Al ver el silencio de su padre, lo empujó para entrar a casa. — ¡Dime! ¿Dónde está ella? Tengo tanto que decirle también. Gideon se desplomó a sus espaldas, cayendo de rodillas como si todo su mundo se desmoronara en ese mismo instante. Y las lágrimas comenzaron a fluir por sus mejillas, un llanto desconsolado que parecía expresar toda la culpa y el dolor acumulado de años. Aldric, con el corazón acelerado, observó a su padre por primera vez en un estado tan vulnerable. La imagen de ese hombre, derrumbado y llorando, primero lo impresionó, pero enseguida su corazón se llenó de ira. Se inclinó, tomándolo de la camisa y clavando su mirada en la de él. — ¿Ahora lloras? ¿Qué clase de cruel broma es esta? ¿No prefieres golpearme, idiota? —Lo siento... —gimoteó Gideon, incapaz de sostener la mirada con la de su hijo. Aldric, consumido con una furia irrefrenable, soltó a Gideon y se levantó. No estaba dispuesto a escuchar las disculpas de un hombre que no merecía su perdón. Le dio la espalda, pero el odio en su corazón era palpable. —No pienso escucharte más. ¿Dónde está mi madre? —preguntó mientras miraba hacia las escaleras que llevaban a la habitación principal del segundo piso. A esas alturas, ella ya debería estar ahí, mirando como siempre, manteniendo su distancia hasta que todo terminara. Pero ella no bajo. Entonces una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de Aldric y con un tono burlón le dijo a su padre: — ¿No me digas? ¿También te abandonó? Así que al fin te quedaste solo, como un perro... —Ella murió. Las palabras de Gideon helaron a Aldric, borrando la sonrisa de su rostro y reemplazándola por una expresión de incredulidad y dolor. Rápidamente se volvió a su altura, levantándolo por la camisa, con sus manos temblando de rabia. — ¿De qué diablos estás hablando? Debes estar bromeando. Ella… ella no puede morir... —Ella... Las palabras de Gideon se vieron interrumpidas por un golpe brutal en su mejilla. Los ojos de Aldric parecían los de una bestia salvaje, vacíos de emociones, como si la furia lo hubiera convertido en un ser sin sentimientos ni resentimientos. — ¿Qué le hiciste? ¡Tú, maldito! —su voz retumbó con desesperación y furia. Otro golpe cayó, y otro, y otro más. Aldric descargó toda su rabia en su padre, consciente de que, aunque los elfos no morían de viejos o por enfermedades, sus cuerpos aún podían sufrir daños terribles. Y sabía de lo que era capaz ese hombre. Gideon no hizo intento alguno de defenderse. Solo levantó las manos, aceptando el castigo de su hijo, mientras entre golpes murmuro, con voz casi inaudible: —Lo hizo ella misma. Aldric lo soltó bruscamente. No podía pensar en nada. Se levantó y, con voz lúgubre, le preguntó a su padre: — ¿Cómo que lo hizo ella misma? Gideon intentó incorporarse, pero fue incapaz. Solo pudo recargar su codo contra el suelo para no irse de espaldas. Y, luchando contra el dolor de su rostro destrozado, contestó aún con lágrimas en los ojos: —Pasó poco después de que te fuiste... Ella no pudo soportarlo... Gideon respiraba con dificultad y le costaba hablar debido al dolor en su rostro. Aldric intentaba procesar lo que decía. ¿Ahora era su culpa? ¿El dolor de perder a su hijo la había llevado a acabar con su vida? Eso era ridículo. Ella no dijo una sola palabra al verme partir. Ni siquiera volteó a mirarme. Ella no... ¿De verdad era tan difícil darse cuenta? Pensé. Fue la única forma en que esa pobre mujer pudo escapar. Cuando vi ese recuerdo, pensé lo mismo. Aldric se sintió ignorado cuando su madre apartó la mirada y no hizo nada por detener a su hijo, pero yo, que pude observarlo objetivamente, me di cuenta. Ella apartó la mirada para no ser un obstáculo y permitir que Aldric pudiera escapar. No quería detenerlo... Ella quería verlo cumplir su sueño, quería verlo escapar de aquella prisión que tanto odiaba. Quería que aquel niño que le dio sentido a su vida después de perderlo todo fuera feliz. Seguía viendo la escena con cierta lastima. Además, mis pensamientos comenzaban a fundirse con los de Aldric; también comenzaba a sentir sus emociones con más intensidad. La ira, la tristeza y el resentimiento eran incontenibles. Tal vez era porque estaba a punto de llegar al punto en que tomaría el control. Pero entonces, la cinta se cortó de tajo. Los recuerdos de Aldric se desvanecieron, dejándome solo en un enorme y vacío blanco. Me giré hacia mí mismo, pero no había nada. Era prácticamente un fantasma. Miré a mi alrededor y, a lo lejos, vi a Aldric. Estaba sentado en el suelo, abrazando sus rodillas contra el pecho. Me acerqué con cuidado, y al estar lo suficientemente cerca, nuestras miradas se encontraron. Sus ojos vidriosos por las lágrimas contenidas estaban inundados de dolor y arrepentimiento. — ¿De verdad piensas todo eso? — Me pregunto. La desesperación y la tristeza en su voz eran evidentes. De verdad pude sentir su sufrimiento... Pude sentir cómo mi corazón se estrujaba y tenía unas irrefrenables ganas de llorar. — ¿A qué te refieres? —pregunté, aunque sabía perfectamente lo que quería saber. Solo sentí que él debía sacarlo de su interior antes de irse. Quería ayudarlo, no quería que se fuera con la culpa originada de pensar que había orillado a su madre al suicidio. —Que ella solo quería verme feliz... Que yo... Que yo no la mate... —su voz se quebró y comenzó a llorar, descargando todo el pesar y la gran culpa que sentía. —Ella jamás te habría hecho eso... Por favor, solo intenta recordar... Recuerda su sonrisa. El único motivo de su felicidad, eras tu. Era verdad. Aldric comenzó a recordar aquellas pocas veces que vio sonreír a su madre y era verdad... Su sonrisa... Su hermosa sonrisa... Llena de orgullo y felicidad... Esa sonrisa que reflejaba el verdadero amor de mi madre. ¿Como pude olvidarla, como pude ignorarla? ¿Cómo pude ser tan estúpido y egoísta? Ella solo quería verme feliz, y jamás se perdonó por no poder protegerme. Y al final, su último acto de amor fue el dejarme ir, a pesar de que eso le quitaría su única razón de vivir. Ahora lo veo. Ella sufrió tanto o más que yo, y a pesar de todo jamás dijo una sola palabra o hizo algo para sí misma. Lo entiendo... Ahora lo entiendo... Aunque ya es demasiado tarde. Gracias por todo, mamá... Y... Perdóname. Aldric seguía llorando, pero ya no era un llanto de completo pesar. La culpa de su alma se había liberado. Aún se sentía triste, pero ahora sabía que él no había sido responsable. Se odiaba por no haberse dado cuenta antes... Por no haber abrazado una última vez a su mamá y decirle cuanto la quería... Como pudo, recuperó un poco la compostura, se levantó y con lágrimas en los ojos me miró y me tendió su mano. Yo le devolví el gesto y él me dijo con una voz tranquila y llena de paz. —Gracias...






