Mundo ficciónIniciar sesiónEstaba herido, y por si eso fuera poco, todas esas sensaciones y emociones estaban asaltando mi cuerpo y mente sin descanso.
A esta distancia los gritos y el bullicio dejaron de escucharse. Una pequeña brisa acaricio mi mejilla y pude respirar por fin aire fresco y libre de humo y polvo. Por primera vez desde que desperté, pude descansar un momento, en paz, con algo de tranquilidad. Cerré los ojos, y varios recuerdos vinieron a mí. No de forma tan violenta o tan vividos como los primeros. Pero pude ver un poco más de la vida de Aldric Hawke. Pude ver cómo destellos, aquellos momentos más importantes en su vida y me atrevería a decir que esta vez, eran… ¿Felices? Cosas como el primer hechizo que conjuro, su comida favorita, su libro favorito, y claro la cálida sonrisa de Layla, su primer amor. Esa clase de recuerdos que aliviaron por un segundo mi alma. Fue como un respiro de aire fresco, de tranquilidad. Pero pronto la angustia se apoderó de mí y todos esos recuerdos se tiñeron de rojo. Sentí de nuevo la ira al escuchar los gritos de mi padre, las náuseas al escuchar a mi madre llorar y el horrible vacío que sentí al ver a Layla morir por una enfermedad justo frente a mis ojos... Todo eso hizo que me levantara en seco, respirando con dificultad y con la mirada borrosa. No podía continuar. Esto era demasiado para mí, era tanto que procesar, tanto que sentir... Había dicha y felicidad, pero también había mucho más dolor y desgracia. No dí ni diez pasos cuando el zumbido atravesó mi cabeza de nuevo. Caí de espaldas, intenté sujetarme de algo, pero fue inútil. Entonces todo se fue a negro. Desperté de nuevo en la residencia de los Hawke. Esta vez no era la sala de armas, o un cuarto oscuro. Estaba en lo que parecía la sala principal. Pude ver el escudo de la familia encima de la chimenea, las alfombras de los pisos y el tapizado de las paredes eran de verdad dignos de la familia regidora de Ironhelm. Las armaduras que adornaban la sala y las armas colgadas en las paredes eran de gran calidad y reflejaban el por qué era ciudad herrera más grande del sur del continente a pesar de ser tan pequeña. Frente a mi estaba Guideon o al menos una sombra de lo que alguna vez fue. Estaba más delgado y demacrado. Una horrible plaga azotó nuestra ciudad por años y su incompetencia no había hecho más qué empeorar las cosas. Y al final, el estrés le paso factura. El discutía con Aranis. O bueno, si a eso se le podía llamar discutir. El solo gritaba y ella callaba mientras agachaba la cabeza. —¡Quiero que dejes de ayudarlos! — le gritaba. —Pero... ellos necesitan mi ayuda... solo yo puedo... — dijo ella en voz baja sin levantar la mirada. —¡No me interesa! — continuó el aún más enojado. — No quiero que se repita lo de la niña muerta de hace unos años. ¡Además, por culpa tuya ellos siguen viniendo a exigir más y más! —Ellos solo buscan un líder... –respondió Aranis, pero fue interrumpida por el cobarde golpe de Guideon. —¿Qué insinúas? — dijo el mientras le jalaba del cabello. — ¿Acaso dudas de mis capacidades? ¿Crees que eres mejor que yo? — dijo siseando entre dientes como una serpiente venenosa. No pude soportarlo más. No podía ver sin hacer nada. Ya era casi mayor de edad y él no era nada de lo que alguna vez fue. Yo... ya no le tenía miedo. —¡Suéltala! — le grite reuniendo todo mi valor. Guideon se volteó a verme, incrédulo de lo que veía frente a él. Intento amenazarme con su presencia, pero solo podía ver a un viejo marchito y cobarde que aun intentaba ganar respeto a través del miedo. —¿Qué m****a dijiste? — dijo mientras soltaba a mi madre y se acercaba a mí inflando el pecho. —Suéltala... — le dije en voz más baja. No sé cómo lo hizo, pero enseguida, con un par de palabras logró que todo el valor que había reunido se escurriera por los suelos. —Es mejor que te largues... Antes de que te arrepientas... — me amenazó. Di un paso atrás. Estuve a punto de obedecerlo. Pero entonces vi a mi madre. Ella lloraba mientras tenía las manos en la mejilla aguantando el dolor del golpe que había recibido. Si me iba, él se desquitaría con ella, tal como siempre hacía. No podía ser tan cobarde, yo no era como ella. Además, paso toda mi vida golpeándome, obligándome a entrenar hasta que perdía el conocimiento y ahora podía hacerle frente. Debía hacerlo. —No me iré. — le dije mientras apretaba los puños con coraje. —¡Que te largues! — grito el mientras levantaba su pesado brazo para golpearme. Tuve miedo por un instante, pero no retrocedí. Levante la mano y detuve su golpe. —¡No! — le grite lleno de ira. Apreté su mano con todas mis fuerzas y él se hizo pequeño por el dolor, con un grito ahogado intento retroceder, pero no lo deje. Por primera vez me sentí superior, me sentí poderoso. Y justo en ese momento recordé las golpizas que me dio a mí y a mi madre, recordé todos los gritos, maltratos, y la ira me cegó. Quise golpearlo, quise hacerle sentir el mismo dolor que me hizo sentir. Ya no buscaba justicia, quería venganza. Ahí estaba, a mi merced. Aquel gran hombre que tanto temía ahora estaba intentando huir de mí. Pero entonces las lágrimas inundaron mis ojos. A pesar de todo no quería ser como él. Levante la cabeza, buscando a mi madre, con la esperanza de que ella me salvara, de que me detuviera. Pero cuando la encontré, ella me miro brevemente y desvió la mirada. Como si no significará nada, como si no le importara. Tal vez Guideon había lastimado mi cuerpo todos esos años, pero en ese momento, en ese instante, mi madre me rompió el alma. Empuje a mi padre y con el corazón lleno de ira y coraje me fui. Salí de aquel lugar sin mirar atrás. No podría soportar nada más. No había nada para mí en ese lugar. De nuevo desperté. Mi cabeza dolía, me había golpeado la nuca al caer. Me incorporé lentamente mientras una lágrima se deslizaba por mi mejilla. Ya había tenido suficiente. ¿Así sería toda mi vida? Llevaba menos de una hora en este cuerpo y apenas podía levantarme, y honestamente no sé qué me dolía más, si las heridas o el alma rota.






