Parte XXXIV .- Detente.
Tharion no esperó más. Con un rugido que sacudió la nieve, levantó su enorme espadón y se lanzó hacia mí.
La embestida fue brutal; aquella estocada hubiera partido en dos a cualquiera. Pero lo vi venir. Mis pies se deslizaron por el suelo como si la tierra misma me guiara. Alcé mi hoja y desvié el impacto con un giro preciso de muñeca. El metal chirrió contra el fuego y la roca.
La fuerza del choque me hizo retroceder un paso, pero no caí.
No es que fuera fácil pelear contra alguien que me trip