Capítulo 12. Libertad robada

Luz Ortiz estaba sentada en el borde de su enorme cama mirando esa jaula que medía el doble del tamaño de su antiguo apartamento. Tenía la mirada triste y perdida en aquella pared de color blanco puro, y solo podía sentir el dolor punzante que iba aumentando en su mejilla.

—Maldito Nero… ¿Cómo pudo hacerme eso…? —sollozó.

Sintió que su mejilla palpitaba y su corazón era el que le dolía.

En todo el tiempo que había conocido al hombre, nunca lo había visto tan enojado por un viejo trozo de tela.
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