cap 33

El palacio Al-Fayed había cambiado de piel en una sola noche, y ese milagro repentino me aterraba más que cualquiera de sus amenazas anteriores.

Cuando desperté en mi austera habitación del ala norte, el aire rancio y frío parecía haber sido sutilmente disipado. Al abrir la puerta, no me encontré con la indiferencia de los guardias ni con las miradas de desprecio de las criadas que respondían a Layla. En su lugar, dos sirvientas se inclinaron de inmediato en una reverencia tan profunda que sus frentes casi rozaron las baldosas de piedra. Llevaban bandejas de plata con frutas frescas, pan horneado con dátiles, leche caliente y jarras de agua perfumada con agua de rosas. Ya no me arrastraban la comida como si fuera un animal en cautiverio; me la ofrecían con las manos temblorosas de quien custodia un tesoro de la corona.

Al principio pensé que era una burla cruel, un nuevo juego psicológico ideado por la Gran Sultana para desestabilizar mi cordura. Pero el verdadero desconcierto comenzó cuando me obligué a caminar por los pasillos principales del palacio para tomar un poco de aire.

El trato de la gente era radicalmente distinto. Los ujieres y los guardias reales del ejército, esos mismos hombres corpulentos que dos semanas atrás me habían bloqueado el paso con sus lanzas ceremoniales, se cuadraban en rígida posición de saludo al verme pasar, bajando la mirada al suelo como si no fueran dignos de sostener la mía. Las concubinas y sirvientas que solían susurrar a mis espaldas se apartaban a los lados de los pasillos, escoltándome silenciosamente a una distancia prudencial, atentas a cualquier tropiezo o vacilación de mis pasos.

Incluso los ancianos del consejo, esos doce viejos decrépitos y severos que habían firmado mi sentencia de confinamiento, se cruzaron conmigo en el patio de los naranjos. En lugar de ladrarme insultos sobre mi origen occidental o regañarme por mi insolencia, el viejo Abdul se detuvo, apoyado en su bastón de plata, y me ofreció una inclinación de cabeza perfectamente cortés.

—Princesa Amira —dijo el visir, su voz ronca desprovista del veneno habitual—. He ordenado que traigan sedas de la India y las mejores mantas de lana de Cachemira para vuestros aposentos del ala norte. Si el frío de ese sector perturba vuestro descanso, solo debéis pedirlo y readecuaremos un pabellón entero para vuestra comodidad. La corona proveerá cualquier capricho que cruce vuestra mente.

Me quedé congelada en medio del patio, con las manos apretadas en los bolsillos de mi túnica negra.

—No necesito vuestro oro ni vuestras sedas, Abdul —respondí, con la voz dura, intentando ocultar el temblor de mis manos—. Podéis quedaros con vuestra generosidad de estado.

—Como deseéis —replicó él, sin alterarse—. Pero recordad que vuestro bienestar es ahora la prioridad absoluta de este Sultanato.

Nadie me llamó "latina". Esa palabra, que antes usaban como un escupitajo para recordarme que era una intrusa, una extranjera impura comprada en Occidente, había desaparecido por completo del vocabulario del palacio. Ese silencio concertado, esa cortesía artificial y exagerada, comenzó a cerrarse a mi alrededor como una red invisible. Me asustaba. El miedo me oprimía el pecho porque sabía que en este nido de víboras nada era gratis. Si el palacio entero se estaba arrodillando ante mí, significaba que Cem había movido una ficha en el tablero, una pieza de la que yo no tenía conocimiento y que me colocaba en una posición de absoluta vulnerabilidad.

La incertidumbre se volvió insoportable a medida que avanzaba la tarde. No iba a quedarme en el ala norte esperando a que el misterio me consumiera. Con el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas y una oleada de náuseas contenidas que me mareaba a cada paso, crucé el patio de armas y me dirigí directamente hacia el ala este, donde se encontraban las oficinas de la regencia.

Los dos guardias de la entrada principal de la oficina de Cem intentaron interponerse de manera cortés, levantando las manos sin tocarme.

—Princesa, el regente se encuentra en medio de la revisión de los edictos de finanzas… —comenzó uno de ellos.

—Quitaos de mi camino —sentencié, clavándoles una mirada tan cargada de rabia que los hombres dudaron, cruzaron una mirada de pánico y finalmente dieron un paso atrás, abriendo las pesadas hojas de madera de sándalo.

Entré a la oficina como una exhalación, azotando las puertas a mi espalda.

El espacio era imponente: paredes cubiertas de estanterías de roble con textos antiguos, mapas del desierto extendidos sobre mesas de estrategia y un enorme escritorio de caoba iluminado por la luz dorada de la tarde que entraba por el ventanal. Detrás del mueble, Cem estaba sentado con la pluma de oro en la mano, vistiendo una túnica interior negra que dejaba ver la rigidez de sus hombros. Al escuchar el estruendo de mi entrada, levantó la cabeza lentamente. Sus ojos de obsidiana, siempre fríos y calculadores, se fijaron en mí, devorando mi figura con esa fijeza posesiva que me revolvía las entrañas.

Avancé a grandes zancadas hasta plantarme frente a su escritorio, apoyando mis manos sobre la madera pulida, ignorando el dolor sutil de mi espalda y obligando a mi cuerpo debilitado a sostenerle la mirada.

—¿Qué demonios has hecho, Cem? —le exigí, mi voz saliendo en un grito ahogado por la indignación—. ¡Exijo que me digas ahora mismo qué está pasando en este palacio! ¡¿Por qué las personas están actuando de esta manera tan extraña conmigo?!

Cem dejó la pluma a un lado con una parsimonia exasperante. Se reclinó en su sillón de cuero, entrelazando sus dedos grandes y curtidos sobre el pecho, manteniéndose imperturbable ante mi arrebato.

—Deberías moderar tu tono, mi Mariposa —respondió, su voz saliendo en ese tono ronco y profundo que solía usar para imponer su autoridad—. Estás en la oficina del regente, y los guardias del pasillo no necesitan escuchar tus gritos occidentales. ¿A qué comportamiento te refieres?

—¡No te hagas el imbécil! —escupí, sintiendo que la rabia me encendía las mejillas—. Las sirvientas me tratan como si fuera de cristal, los guardias se arrodillan a mi paso y el viejo Abdul vino a ofrecerme sedas de la India y mantas de Cachemira en el patio. Nadie me mira mal, nadie me susurra insultos al pasar y, lo que es más aterrador, nadie me ha llamado "latina" en todo el día. ¡Dime la verdad! ¿Los obligaste? ¿Amenazaste con cortarles las manos o colgarlos de las murallas si no me trataban como a una reina? ¿Es este otro de tus retorcidos métodos para demostrarme que controlas cada rincón de mi existencia?

Cem me miró en silencio durante unos segundos que se me hicieron eternos. El sol de la tarde recortaba su silueta imponente, dándole el aspecto de una deidad pagana tallada en piedra. Entonces, las comisuras de sus labios se curvaron sutilmente hacia arriba. No fue una carcajada, sino una sonrisa ligera, contenida, una muestra de pura satisfacción que me encendió la sangre por completo.

—No, Amira —negó él con suavidad, manteniendo esa sonrisa que me pareció el peor de los insultos—. Yo no he obligado a nadie a cambiar su vocabulario, ni he lanzado amenazas de muerte en los pasillos esta mañana. No ha sido necesario usar la fuerza del ejército para que el palacio aprenda a respetarte.

—¿Entonces por qué? —di un golpe con el puño sobre la madera, desesperada por romper su maldita calma—. ¡¿Por qué de la noche a la mañana soy intocable para tus víboras?! ¡Dímelo ya!

Cem se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en el escritorio, reduciendo la distancia entre los dos hasta que pude percibir el aroma a sándalo de su piel, un olor que en ese instante me provocó una punzada de náusea en el estómago que logré tragar con dificultad. Su mirada de Lobo se clavó en mi vientre con una intensidad tan abrumadora que me obligó a dar un paso atrás de manera instintiva, cruzando los brazos sobre mi cuerpo en un gesto defensivo.

—Por el bebé, Amira —soltó él, su voz bajando a un susurro denso, cargado de un orgullo dinástico que me heló la sangre—. Por el hijo que llevas dentro.

Bufe con una molestia monumental, soltando una risa amarga que resonó en las estanterías de la oficina.

—¿El bebé? —repetí con desprecio—. ¿Trajiste a tus médicos a inspeccionarme a escondidas mientras dormía? ¿Le dijiste al consejo que la mercancía extranjera ya tiene la semilla de tu estirpe?

—Traje a Fatima, la partera de las tribus del sur, ayer por la mañana —explicó Cem, levantándose de su asiento con la lentitud del cazador que sabe que su presa no tiene escapatoria. Caminó alrededor del escritorio hasta quedar a un metro de mí—. Ella certificó tu embarazo ante el consejo de ancianos y ante Layla. Pero jugué el juego bajo las leyes que tú misma usaste para desarmarnos. Fatima declaró bajo juramento sagrado que la criatura fue concebida el día exacto de nuestra boda oficial. Tu pasado está limpio ante la Sharía, latina. Ante el imperio, llevas un embarazo legítimo de quince días. Eres el vientre más sagrado del Sultanato ahora, y nadie, ni siquiera mi primera esposa, puede tocarte sin firmar su propia sentencia de muerte.

La revelación me golpeó el cerebro con la fuerza de un rayo. Me tapé la boca por un segundo, sintiendo el impacto de la jugada política de Cem. Había falsificado las fechas, había comprado el testimonio de la partera para legalizar un embarazo que comenzó semanas antes, transformando mi mayor terror en el escudo más poderoso del palacio. Estaba protegida, sí, pero al precio de haber sellado mi destino definitivo como su propiedad ante el mundo entero. El palacio no me respetaba a mí; respetaban la carga que llevaba en mi vientre. Respetaban el apellido Al-Fayed que creían que se perpetuaría en mis entrañas.

—Eres un monstruo calculador, Cem —siseé, mirándolo con un odio que me quemaba las lágrimas en los ojos—. Has comprado una mentira para encadenarme a tu dinastía. Estás feliz porque crees que has ganado el juego, porque tu precioso consejo de ancianos ya tiene el heredero que tanto buscaba para tapar la muerte de Zaid.

Me acerqué a él, dando un paso desafiante, ignorando el mareo que volvía a nublarme la vista, y le clavé el dedo en el pecho rígido.

—Pero dime una cosa, gran regente… ¿Qué pasa si es una niña? —le espeté, mi voz destilando un veneno puritano que borró de golpe la sonrisa de sus facciones—. ¿Qué pasa si este vientre que tus ancianos cuidan con tanto esmero depara una mujer? ¿Qué pasará con todo este respeto artificial, con las sedas de Abdul y las reverencias de las criadas el día que des a luz a una niña en lugar del varón que tu estirpe necesita para heredar el trono? ¿Volverás a dejar que Layla me arrastre por el barro? ¿Volverás a permitir que me llamen impura cuando se den cuenta de que no les di la ficha de ajedrez masculina que esperaban?

Cem se tensó por completo. La sonrisa desapareció de sus labios, reemplazada por una rigidez gélida que endureció las líneas de su rostro, demostrando que mis palabras habían tocado la fibra más sensible de su orgullo de Lobo. Permaneció en silencio, con los ojos de obsidiana fijos en los míos, mientras la luz dorada de la tarde comenzaba a desvanecerse en la oficina, dejándonos a ambos atrapados en la encrucijada de un futuro que ninguno de los dos podía controlar.

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