Mundo ficciónIniciar sesiónEl eco de la mentira sagrada aún vibraba en las paredes del Salón del Trono Chico cuando salí al pasillo exterior. Los ancianos se habían dispersado con el convencimiento absoluto de que la dinastía estaba asegurada por un milagro de quince días, y Layla se había retirado a sus aposentos rumiando una derrota política que tardaría semanas en digerir. El plan había funcionado a la perfección. Ante la ley del desierto, ante los tribunales y ante el harén, el vientre de Amira era ahora un santuario intocable. Sin embargo, la victoria en el tablero de estado no lograba apagar el fuego de la incertidumbre que me devoraba las entrañas por dentro.
Fatima, la anciana partera de las tribus del sur, caminaba a mi lado con pasos lentos y pausados, haciendo restallar sus túnicas oscuras contra el mármol del corredor. En sus manos aún cargaba el cuenco de plata con las esencias de purificación. Su rostro, surcado por las profundas arrugas de quien ha visto nacer y morir a reyes en la inmensidad de las dunas, permanecía sereno, impasible ante la magnitud del engaño que acababa de certificar por mi orden.
Hice una seña imperceptible a los guardias reales para que se detuvieran en la intersección de los pasillos, permitiéndonos quedar a solas en el tramo que conducía hacia los jardines interiores de la mansión. Me planté frente a ella, cruzando los brazos sobre mi camisa de lino negro, dejando que la sombra de mi altura la cubriera por completo.
—Has cumplido con tu parte, Fatima —comencé, mi voz bajando a un tono ronco, sibilante, asegurándome de que ningún oído indiscreto captara mis palabras—. El oro prometido ya está en camino a las tiendas de tu estirpe en el sur. Tu silencio ha comprado el bienestar de los tuyos por generaciones.
La anciana hizo una reverencia pausada, bajando la cabeza con el respeto debido al Lobo.
—La palabra del príncipe regente es ley en el desierto —respondió ella, su voz saliendo como un susurro de hojas secas—. He jurado ante Alá lo que vuestra corona necesitaba escuchar. El vientre de la segunda princesa está protegido por el velo de la legitimidad. Nadie osará contradecir la ciencia de las parteras.
Me quedé estático, mirándola fijamente. La seguridad política ya estaba resuelta, pero el recuerdo de la rigidez de Amira en el ala norte, su negativa absoluta a dar su brazo a torcer en mi cama y el asco visceral que me había escupido a la cara la noche anterior me perforaban el pecho como un veneno sordo. Yo era el dueño de su vida, el hombre que la había reclamado con el poder de su ejército, pero en la oscuridad de su habitación, me sentía como un mendigo esperando las migajas de su atención.
—Dime algo más, Fatima —solté de golpe, la urgencia de mi posesividad animal quebrando la armadura del soberano—. Tú la has examinado. Has tocado su piel, has medido su pulso en esa habitación fría del ala norte. ¿Por qué está así conmigo?
La anciana levantó el rostro, entornando sus ojos cargados de experiencia, analizando la rigidez de mis facciones.
—¿A qué os referís con exactitud, mi señor? —preguntó con prudencia.
—Me mira como si fuera su verdugo —siseé, apretando los dientes con una frustración que me quemaba la garganta—. No me permite tocarla sin forcejear. Rechaza mi comida, desprecia mi dinero y me dice que le provoco asco cada vez que intento acercarme a su lecho. En Nueva York, bajo las estrellas del canal, sus ojos me buscaban con una entrega que me pertenecía por completo. Ahora, cada vez que entro a sus aposentos, solo encuentro un muro de hielo y una boca llena de reproches hacia mis tradiciones. ¿Es solo su orgullo herido por los azotes de Layla, o es que el amor que alguna vez sintió por mí murió el día que pisó este palacio?
Fatima me miró en silencio durante unos segundos que se me hicieron eternos. Entonces, para mi absoluta sorpresa, las arrugas alrededor de sus labios se suavizaron y soltó una pequeña risa. Fue una carcajada baja, sabia y cargada de una familiaridad que solo las mujeres que han gobernado los secretos de la maternidad poseen.
—¿Os reís ante el Sultán regente, mujer? —rugí, dando un paso agresivo hacia adelante, mi orgullo de macho alfa herido por su diversión espontánea.
—Perdonad mi audacia, poderoso Lobo —dijo Fatima, controlando la risa pero manteniendo una chispa de picardía en sus ojos antiguos—. No me río de vuestra corona, sino de la ignorancia de los hombres cuando se enfrentan a los misterios de la creación. Habláis como un guerrero que busca conquistar una ciudad por la fuerza de sus cimitarras, pero el cuerpo de una mujer encinta no responde a los decretos del trono ni a las estrategias de vuestros visires.
Dejó el cuenco de plata sobre una repisa de mármol y dio un paso hacia mí, hablando con la autoridad que solo la experiencia de la vida otorga.
—Lo que le ocurre a la princesa Amira es normal, Cem —declaró la anciana, usando mi nombre sin los títulos oficiales por primera vez—. Es un suceso común en muchas mujeres durante las primeras lunas del embarazo. El cuerpo femenino, cuando alberga la semilla de una nueva vida, sufre una tormenta que los hombres jamás alcanzaréis a comprender. La sangre se revolvía, los humores se transforman y los sentidos se agudizan hasta volverse una maldición. Es sumamente habitual que las mujeres comiencen a odiar a sus esposos durante este tiempo.
Se me tensaron todos los músculos de la espalda al escucharla.
—¿Odiar al hombre que lleva su misma sangre? —pregunté, mi mente rechazando la lógica de sus palabras—. Eso no tiene sentido. Yo soy su protector. Soy el hombre que la mantiene con vida en este nido de víboras.
—El instinto del cuerpo no entiende de razones políticas, mi señor —explicó Fatima, cruzando sus manos arrugadas sobre el pecho—. El aroma del esposo, que antes les resultaba dulce, se vuelve insoportable para su olfato. El calor de vuestra piel les provoca rechazo, y la sola idea de la unión carnal les revuelve el estómago por el asco. Es la naturaleza protegiendo la matriz. El cuerpo de la princesa sabe que la semilla ya ha sido plantada y que su prioridad absoluta es custodiar ese fruto. Vuestra presencia, vuestra fuerza y vuestra insistencia son vistas por su instinto como una amenaza a su tranquilidad. Si a eso le sumáis que la criatura fue engendrada en medio del conflicto, el alma de la madre traduce todo ese cansancio en un rechazo feroz hacia el hombre que la hizo encinta.
Me quedé estático, procesando las verdades de la partera mientras un silencio espeso se apoderaba del pasillo. Mis manos, que antes estaban listas para cerrarse en puños de rabia, se relajaron sutilmente. Recordé las náuseas de Amira, la forma en que se tapaba la boca cuando mi perfume a sándalo inundaba su espacio, y la debilidad extrema que la hacía desplomarse sobre las sábanas ásperas del ala norte. Yo había interpretado su actitud puramente como un castigo psicológico hacia mí, como una venganza de su orgullo occidental contra mis malditas tradiciones del harén. Pero escuchar que sus reacciones formaban parte de una ley biológica, de una transformación física que escapaba a su propio control, cambió por completo el panorama en mi cabeza.
—¿Quieres decir que no es un odio eterno? —pregunté, mi voz bajando a un murmullo ronco, revelando la vulnerabilidad que solo Amira lograba arrancarme.
—La tormenta de las primeras lunas siempre amaina, príncipe —respondió Fatima con suavidad, tomando de nuevo su cuenco de plata—. Cuando el fruto crezca y se fortalezca en su vientre, las aguas regresarán a su cauce. El asco se transformará en necesidad, y el frío del ala norte dará paso a la búsqueda del calor del padre. Pero hasta que ese día llegue, debéis tener la paciencia del cazador que aguarda en las sombras del desierto. Si la forzáis, si intentáis imponer vuestro derecho de esposo por encima de las leyes de su cuerpo, romperéis el hilo que aún os une a ella. Dejadla respirar. Dadle la distancia que pide, pero mantened vuestro escudo extendido sobre su cabeza. Ella os necesita, Cem, aunque su boca jure lo contrario a cada mañana.
La partera hizo una última reverencia profunda, se dio la vuelta y se alejó por el corredor hacia la salida del palacio, dejándome a solas con el eco de sus sabias advertencias.
Me quedé mirando el rectángulo de luz que entraba por el ventanal, sintiendo cómo la furia posesiva que me había dominado durante los últimos quince días se transformaba en una lucidez fría y protectora. No era que el amor de mi Mariposa hubiera muerto; era su cuerpo defendiéndose de la tormenta de mi mundo, un santuario biológico que yo debía respetar si quería que nuestro hijo llegara a ver la luz del sol.
Caminé lentamente hacia el ala norte, sintiendo que el peso de mi abaya de luto ya no era una condena, sino el uniforme del guardián que velaría el sueño de su reina desde la distancia. La mentira ante el consejo ya estaba consumada; Amira era legalmente mía ante los ojos de la corte, pero yo aprendería a esperar el tiempo que fuera necesario en las sombras de su exilio, aguardando el día en que la tormenta de su vientre terminara y sus ojos oscuros volvieran a buscarme con la misma pureza con la que me habían entregado su alma en Nueva York.







