El eco de la mentira sagrada aún vibraba en las paredes del Salón del Trono Chico cuando salí al pasillo exterior. Los ancianos se habían dispersado con el convencimiento absoluto de que la dinastía estaba asegurada por un milagro de quince días, y Layla se había retirado a sus aposentos rumiando una derrota política que tardaría semanas en digerir. El plan había funcionado a la perfección. Ante la ley del desierto, ante los tribunales y ante el harén, el vientre de Amira era ahora un santuario