cap 26

El silencio que siguió a mi revelación se estiró en la penumbra de los aposentos como una soga que nos asfixiaba a ambos. Permanecí de pie junto al lecho de ébano, observando cómo la rigidez del terror inicial abandonaba el cuerpo de Amira, dando paso a una transformación que no supe prever. Esperaba lágrimas, esperaba que negara la verdad con la desesperación de quien se sabe acorralado, o que el pánico la hiciera suplicar por la seguridad de la criatura que crecía en su vientre.

Sin embargo, lo que escapó de sus labios agrietados me congeló la sangre en las venas.

Amira soltó una risa.

Fue una carcajada baja, ronca, impregnada de una amargura tan densa y corrosiva que pareció marchitar las flores de azahar que decoraban las esquinas de la habitación nupcial. Se apoyó en sus codos con una lentitud dolorosa, cuidando de no tensar la piel herida de su espalda, y giró el rostro hacia mí. Sus ojos oscuros, antes llenos de aquella luz indomable que me había fascinado en las calles de Nueva York, estaban completamente vacíos, secos, fijos en mi figura como si estuviera contemplando el paisaje de su propia ejecución.

—¿Y qué, Cem? —preguntó, su voz saliendo en un susurro cargado de un desprecio tan puro que me caló directo en los huesos—. ¿Qué se supone que debo hacer ahora que el gran Lobo ha descubierto mi secreto? ¿Debería saltar de alegría? ¿Debería ponerme de rodillas y agradecerte por haberme convertido en la segunda esposa del verdugo que me golpea de día y me reclama de noche? ¿Se supone que debo estar feliz por este maldito embarazo?

Intenté dar un paso hacia ella, pero la fijeza de su mirada me detuvo en seco. La cadena de oro de su tobillo tintineó contra la madera, un recordatorio metálico de la jaula en la que ambos estábamos metidos.

—Mírate —continuó Amira, la risa amarga transformándose en una mueca de absoluto asco mientras limpiaba con el dorso de su mano una lágrima rebelde que amenazaba con rodar por su mejilla—. Estás orgulloso porque firmaste un trozo de papel con esos viejos decrépitos. Estás ensanchando el pecho porque reclamaste mi vientre como parte de tu maldito botín de guerra. Pero dime, futuro Sultán, ¿cuál es el glorioso destino que le espera al hijo que llevo dentro bajo las sagradas leyes de tu desierto?

Se sentó por completo en el borde del colchón, ignorando el dolor de los azotes, dejando que la túnica de seda blanca y transparente revelara la fragilidad de su figura. Se señaló el vientre con un dedo tembloroso.

—Si este bebé es un niño, un varón de tu propia sangre, lo usarán sin piedad como la descendencia legal de tu hermano muerto —escupió las palabras con una rabia que le encendió las mejillas—. Le robarán su verdadera identidad antes de que aprenda a caminar. Llevará el nombre de Zaid, se criará bajo la mentira de un palacio que necesita tapar las apariencias, y tú tendrás que tragarte tu orgullo de macho alfa cada vez que lo veas y recordar que el mundo lo llama el hijo del difunto, no el tuyo. Lo usarán como una maldita ficha de ajedrez dinástica.

Hizo una pausa, su respiración llegando a mis oídos de forma entrecortada, antes de que sus ojos se inundaran de un terror maternal que intentó ocultar endureciendo la voz.

—¿Y si es una niña, Cem? ¿Qué pasará si lo que crece aquí dentro es una mujer? —su voz flaqueó por una fracción de segundo, volviéndose un hilo de pura agonía—. Vivirá exactamente como yo. Nacerá entre rejas de oro, crecerá escuchando que su único valor está entre sus piernas, y cuando tenga la edad suficiente, la vestirás con sedas transparentes y la venderás al mejor postor del Golfo para firmar otro tratado de paz o para comprar más voluntades políticas. Porque eso es lo que somos las mujeres en tu mundo, Cem. Una mercancía. Eso es lo que yo soy para ti: una maldita propiedad que compraste con el oro de tu padre en Occidente.

Cada una de sus verdades cayó sobre mi pecho con el peso de una losa de mármol. Mi posesividad animal quería rugir, quería obligarla a callar y asegurarle que bajo mi regencia nadie tocaría a nuestros hijos, pero la lógica fría de la política del palacio me recordaba que Amira tenía toda la maldita razón. El contrato del consejo era una cadena que yo mismo había aceptado para salvarle la vida.

—En el lugar de donde yo venía, las cosas eran distintas —murmuró Amira, su mirada perdiéndose en los cristales rotos del suelo, su tono bajando a una melancolía que me dolió más que sus gritos—. Mi padre… mi padre tuvo defectos, pero amaba a mi madre. Fue un hombre de una sola mujer. Ella no tuvo que compartir su cama, ni sus noches, ni el olor de su esposo con nadie más. Yo crecí viendo eso. Yo soñaba con ese tipo de amor, Cem. Soñaba con un hombre que me mirara a los ojos y me eligiera a mí por encima de todo el mundo, un hombre con el que pudiera construir una vida limpia, sin secretos, sin sábanas manchadas de sangre por el protocolo ni leyes sagradas que regulan cuántas veces tienes derecho a tocarme.

Levantó la cabeza y me miró directo a las pupilas, desnudando su alma rota frente a mí.

—Ahora no tengo amor. Lo único que tengo en este palacio es una condena a cadena perpetua.

—Amira… —mi voz salió ronca, flaqueando por segunda vez en mi vida. Intenté estirar la mano para delinear la marca de la bofetada en su mejilla, sintiendo una necesidad física y desesperada de borrar el dolor que le había infligido.

—No me toques —sentenció, apartando la cara con una repugnancia que me obligó a bajar los dedos—. No quiero tener sexo contigo esta noche, Cem. No me importa que este sea nuestro matrimonio oficial ante tus leyes o que tu harén esté esperando que consumas el contrato para colgar una maldita sábana en el balcón. Mi cuerpo está herido, estoy débil y no voy a dejar que me uses para calmar tus instintos mientras mi mente se pudre en este infierno.

Se cruzó de brazos, atando la seda transparente alrededor de sus hombros con un movimiento defensivo.

—Y hay algo peor —añadió, su voz tornándose gélida y analítica, una línea que me atravesó el cerebro como un cuchillo—. Tu maravillosa esposa Layla vino aquí a recordarme las reglas de la Sharía. Me explicó que las noches se distribuirán en partes iguales. Una noche para ella, una noche para mí. ¿Tienes idea de lo enfermo que suena eso para mí? Pensar que esta noche podrías forzarme a estar contigo, y que en dos días me vas a volver a tocar… después de haber estado en la cama de tu otra esposa, después de haberte acostado con la mujer que mandó a romperme la espalda a azotes. Eso es una aberración, Cem. Es una asquerosidad que me revuelve el estómago del asco.

Se tapó la boca por un segundo, contenida por una náusea física que delató su estado, pero mantuvo la fijeza de sus ojos sobre los míos.

—Sé que para ti y para tus malditas tradiciones esto es lo normal —continuó, su tono destilando un veneno puritano—. Sé que vuestros padres y vuestros abuelos se criaron viendo a hombres saltar de una cama a otra, repartiendo su semilla entre las mujeres del harén como si fueran jueces distribuyendo limosna. Pero para mí no es normal. Para mí es una humillación que me destruye la dignidad a cada segundo. Si vas a estar en mi cama, vas a estar porque eres mío, no porque un calendario sagrado te obligue a cumplir con tu cuota de equidad con la latina. No voy a ser el turno de nadie en tu agenda de Sultán.

Me quedé de pie en medio de la penumbra, sintiendo cómo el silencio regresaba a la habitación, pero esta vez cargado con el peso de mi propia derrota moral. La miré fija, devorando la palidez de sus facciones, el temblor de sus hombros y la línea herida de su espalda que el ungüento de mirra comenzaba a aliviar. La furia y los celos primitivos que me habían dominado durante todo el día se apagaron de golpe, reemplazados por una lucidez fría y amarga.

Ella tenía razón. Mi cultura, las leyes ancestrales de mi padre que yo usaba como un escudo para mantenerla con vida, eran para ella una tortura psicológica insoportable. Compartir mi cuerpo, la distribución de las noches que Layla me había exigido bajo la amenaza de la Sharía, se convertía en un muro insalvable entre los dos.

No me acerqué más. Di un paso hacia atrás, dejando que la abaya negra de luto restallara contra mis tobillos, recuperando la máscara infranqueable del futuro Sultán para ocultar el remordimiento que me destrozaba el pecho.

—No habrá sexo esta noche, Amira —sentencié, mi voz saliendo en un tono bajo, hueco y definitivo que resonó en las cuatro paredes—. No soy un animal que necesite forzar tu cuerpo herido para demostrar su soberanía. Quédate en la cama y descansa. Las sirvientas traerán sopa de avena y agua limpia por la mañana, y te la vas a tomar toda si quieres que esa criatura que llevas dentro tenga una oportunidad de sobrevivir en este palacio.

Me di la vuelta, dándole la espalda para no seguir contemplando el vacío de su mirada. Caminé hacia la gran puerta de roble, sintiendo que cada uno de mis pasos pesaba una tonelada. Al apoyar la mano en el pomo de bronce, me detuve por una fracción de segundo, sin girar la cabeza.

—El contrato está firmado y eres mi esposa ante el mundo, latina —susurré, usando el apelativo con una mezcla de posesividad y amargura antes de corregirme en mis adentros—. Nadie cambiará eso. Pero la equidad de las noches es una ley que debo simular ante el consejo para que no te maten. Aprende a jugar el juego del palacio si quieres proteger lo que tienes en el vientre.

Empujé la puerta y salí al pasillo exterior, dejando que el pestillo encajara en su lugar con un sonido seco que selló su reclusión oficial. Al ver mi rostro desencajado, los dos guardias reales se cuadraron de inmediato, bajando las lanzas ceremoniales.

—Mi señor… ¿debemos preparar el anuncio de la consumación para el harén? —preguntó el jefe de la guardia con cautela.

—No se anuncia nada —rugí, mi voz saliendo como un trueno que los hizo palidecer—. La princesa está enferma por el luto de mi hermano. Que nadie ose molestarla. Si escucho un solo murmullo sobre las sábanas de esta noche en los pasillos, os colgaré a todos de las murallas del norte.

Me alejé a grandes zancadas por los pasillos alfombrados de la mansión real, sintiendo el aroma a rosas rotas y mirra pegado a mi ropa. Caminaba sin rumbo fijo bajo la luz de la luna que se filtraba por las cúpulas, con la mente fija en el calendario de la Sharía que comenzaría a correr en dos días, sabiendo que me había convertido en el dueño legítimo del cuerpo de Amira, pero al precio de haber matado para siempre el amor con el que ella alguna vez había soñado.

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