El silencio que siguió a mi revelación se estiró en la penumbra de los aposentos como una soga que nos asfixiaba a ambos. Permanecí de pie junto al lecho de ébano, observando cómo la rigidez del terror inicial abandonaba el cuerpo de Amira, dando paso a una transformación que no supe prever. Esperaba lágrimas, esperaba que negara la verdad con la desesperación de quien se sabe acorralado, o que el pánico la hiciera suplicar por la seguridad de la criatura que crecía en su vientre.
Sin embargo,