El siseo de las sedas carmesí de Layla al abandonar la habitación dejó un vacío denso, cargado de la estela de su veneno. Permanecí estático bajo el umbral, con la abaya negra de luto pesando sobre mis hombros y los puños cerrados dentro de las amplias mangas. Mis ojos de obsidiana recorrieron el desastre de los aposentos antes de fijarse en ella.
Amira estaba sentada en el borde del colchón. La túnica de seda blanca que Layla le había impuesto era tan fina que parecía una neblina de agua sobre