cap 25

El siseo de las sedas carmesí de Layla al abandonar la habitación dejó un vacío denso, cargado de la estela de su veneno. Permanecí estático bajo el umbral, con la abaya negra de luto pesando sobre mis hombros y los puños cerrados dentro de las amplias mangas. Mis ojos de obsidiana recorrieron el desastre de los aposentos antes de fijarse en ella.

Amira estaba sentada en el borde del colchón. La túnica de seda blanca que Layla le había impuesto era tan fina que parecía una neblina de agua sobre su piel, revelando sin piedad las cuatro líneas inflamadas y sangrientas que cruzaban su espalda. Sus tobillos, rodeados por las cadenas de oro de la tradición nupcial, temblaban sutilmente. Estaba pálida, con las facciones tensas por el dolor físico y la humillación, pero en su mirada persistía ese brillo de fiera indomable que se negaba a doblegarse ante el imperio Al-Fayed.

Avancé hacia ella con pasos lentos y pesados. En mi mano derecha sostenía un tarro de cristal tallado con el ungüento de mirra, aloe vera y aceites curativos que le había arrebatado al médico real en el pasillo. Sabía que sus heridas se infectarían si no se trataban de inmediato, y no iba a permitir que el orgullo de su dolor la consumiera.

Al verme acercar, Amira tensó los músculos de los hombros y se encogió sobre sí misma, arrastrando las cadenas de oro con un tintineo metálico que sonó como un insulto en medio del silencio.

—No te acerques, Cem —siseó su voz, saliendo como un hilo quebrado, desprovista de fuerza pero cargada de un desprecio absoluto—. Ya tu esposa hizo su trabajo. Ya me humillaron lo suficiente por hoy. Déjame en paz.

No respondí. Me arrodillé en el borde del colchón, ignorando la distancia física que ella intentaba imponer. Destapé el frasco, dejando que el aroma amargo y medicinal de la mirra inundara el espacio, y tomé una generosa cantidad de la crema fría entre mis dedos grandes y curtidos.

—Quédate quieta, Amira —ordené, forzando a mi voz a mantener la línea de la autoridad principesca, aunque por dentro ver su espalda rota me destrozaba las entrañas—. Layla usó la ley del harén para castigarte, pero yo soy el dueño de esta cama. Deja que limpie la sangre.

Extendí mi mano para tocar el borde del primer azote, pero antes de que mis dedos rozaran su piel, ella reaccionó con la velocidad de un felino herido. Con un movimiento brusco y desesperado de sus brazos débiles, me empujó el pecho con todas las fuerzas que le quedaban. Sus manos pálidas impactaron contra la tela de mi abaya, intentando apartarme de su espacio vital.

—¡Dije que no me toques! —gritó, su respiración cortándose por el esfuerzo físico.

El empujón no logró mover mi cuerpo ni un solo centímetro, pero encendió la mecha de mi paciencia dinástica. Con un movimiento rápido y dominante, atrapé sus dos muñecas con una sola de mis manos, inmovilizándola sin ejercer una presión que la lastimara, y la acerqué a la fuerza hacia mi pecho, obligándola a quedar a escasos centímetros de mi rostro. Su cuerpo febril y debilitado chocó contra la rigidez de mis músculos; pude sentir el latido desbocado de su corazón contra mis costillas y el aroma a jazmín espeso que Layla le había rociado para la boda, un olor que detestaba porque ocultaba su verdadera fragancia de rosas silvestres.

Amira me miró directo a los ojos. En su rostro, la marca roja de la bofetada que yo mismo le había dado días atrás todavía se adivinaba bajo la penumbra, haciendo un doloroso contraste con sus ojos inyectados en lágrimas de pura rabia. Me miró mal, con una fijeza asesina que desafiaba mi corona, mi rango y la fuerza que la mantenía prisionera.

—¡Suéltame, maldito salvaje! —escupió, las lágrimas desbordándose finalmente por sus mejillas—. ¡No entiendo estas malditas tradiciones tuyas! ¡No entiendo este juego enfermo de compartir una cama por noches, como si fuera una mercancía que se turna entre la Sultana y yo! ¡Tus leyes, tus contratos, tu harén… todo esto me da asco! ¡Me das asco tú, Cem, por someter en la noche a la mujer que de día dejas que arrastren por el barro de la plaza!

Sus palabras me golpearon con la fuerza de un látigo, pero no solté su agarre. Sostuve sus muñecas con firmeza, obligándola a mantener el contacto físico mientras usaba mi otra mano para presionar sus hombros con delicadeza, obligando a su cuerpo exhausto a tumbarse boca abajo sobre las sábanas de seda de la gran cama real. Ella forcejeó, las cadenas de sus tobillos protestaron con violencia contra la madera, pero su debilidad física la traicionó y terminó cediendo, quedando boca abajo, con la espalda expuesta a la luz de las lámparas de aceite.

—Vas a dejar que te aplique este ungüento, Amira, aunque tenga que sostenerte contra el colchón toda la noche —siseé cerca de su oreja, mi voz temblando por una mezcla de posesividad animal y furia contenida—. No me importa tu orgullo en este momento; me importa que tu cuerpo resista.

Comencé a extender la crema fría sobre las líneas rojas de su espalda. Amira soltó un gemido ahogado de dolor, hundiendo el rostro en las almohadas de terciopelo, apretando los puños con fuerza mientras mis dedos delineaban con extrema delicadeza cada herida, intentando borrar con mi tacto el daño que mi esposa le había causado. El contraste entre la frialdad del ungüento y el calor febril de su piel me confirmó lo que mi mente ya no podía ignorar. Su declive no era solo por la falta de comida, ni por el trauma de los azotes. Había una debilidad interna, una transformación biológica que se ocultaba en las sombras de su vientre.

Terminé de cubrir la última herida con una capa gruesa de mirra. Limpié mis manos en un lienzo y me incliné sobre ella, apoyando mis brazos a ambos lados de su cuerpo, acorralándola contra las sábanas blancas. Mi respiración agitada rozaba la curva de su cuello trenzado con hilos de oro.

Amira giró la cabeza sutilmente hacia un lado, manteniendo los ojos cerrados, negándose a mirarme, entregada a un silencio de piedra que pretendía ser su última fortaleza contra mí. Sabía que se estaba guardando el secreto, que su negativa a comer y sus mareos eran el escudo con el que intentaba protegerse de mis sospechas y de la jauría del consejo de ancianos que exigía un heredero con el nombre de mi hermano muerto.

Me acerqué aún más, hasta que mis labios rozaron el lóbulo de su oreja, dejando que mi aliento caliente rompiera el frío de su aislamiento. La posesividad salvaje que me dominaba desde la reunión con los ancianos se transformó en un susurro gélido, letal y definitivo.

—Puedes callar todo lo que quieras ante Layla y ante las sirvientas, mi Mariposa —le dije al oído, mi voz bajando a un tono tan profundo que pareció vibrar en sus propios huesos—. Puedes destrozar los frascos de perfume y fingir que odias mi cama para alejarme. Pero no puedes engañar al Lobo que te reclamó en Nueva York. Sé del embarazo, Amira. Sé perfectamente que llevas una criatura en tu vientre.

Sentí el impacto físico de mis palabras en su cuerpo de inmediato. Amira se tensó por completo sobre el colchón; su respiración se cortó de golpe y abrió los ojos de par en par, clavando su mirada horrorizada en la pared de mármol. El temblor de sus hombros delató que su fortaleza se había desmoronado en un solo segundo.

—Y escúchame bien —continué, apretando los dientes mientras mi mano bajaba con lentitud por su costado, deteniéndose justo por encima de la cadera, sin presionar su vientre pero marcando mi territorio absoluto—. El consejo de ancianos ha firmado nuestro matrimonio bajo la condición de que si este niño es un varón, llevará el nombre de Zaid. Pero tú y yo sabemos la verdad en la oscuridad de esta habitación. Ese hijo no es de mi hermano. Esa sangre es mía, y ninguna ley del desierto cambiará el hecho de que me perteneces en cuerpo, alma y descendencia. Ahora quédate en esta cama y descansa, porque a partir de mañana, este vientre es el tesoro más custodiado de mi imperio.

Me aparté lentamente, poniéndome de pie con la rigidez del soberano que acababa de dictar la sentencia definitiva. Amira permaneció inmóvil en el centro de la cama, con los ojos fijos en la nada y el rostro pálido por el peso del secreto revelado, comprendiendo finalmente que las cadenas del Lobo se habían cerrado alrededor de su cuerpo y de la vida que intentaba ocultar.

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