Mundo ficciónIniciar sesiónEl eco de los golpes de mi bastón dinástico ficticio contra las leyes del consejo todavía me vibraba en los nudillos cuando alcancé los pasillos del ala este. Mi respiración era un rugido contenido, un torbellino de celos, rabia e impotencia que amenazaba con destrozar las sagradas paredes de la mansión real. Las palabras de esos viejos decrépitos exigiendo el vientre de Amira para engendrar el hijo de mi hermano moribundo seguían quemándome el cerebro como hierro fundido.
Llegué frente a la pesada puerta de roble y bronce de sus aposentos privados. Dos guardias de la facción de Layla custodiaban la entrada con lanzas ceremoniales y rostros de piedra. Al verme avanzar con el rostro desencajado y el aura de un lobo herido, ambos se cuadraron de inmediato, golpeando el suelo con sus armas en señal de sumisión.
—A partir de este preciso instante, las órdenes en esta ala cambian —siseé, mi voz bajando a un tono tan bajo y peligroso que los hombres palidecieron—. La princesa queda confinada en esta habitación por decreto del Sultán regente. Nadie entra, nadie sale. Si la Sultana Layla, sus damas de compañía o algún médico del consejo se acerca a menos de diez metros de este umbral, tenéis mi autorización expresa para cortarles la cabeza allí mismo. Ella queda bajo mi exclusiva custodia protectora. ¿Ha quedado claro?
—¡Perfectamente claro, mi señor! —respondieron al unísono, sus miradas fijas en el frente.
Giré el pomo de bronce con un movimiento brusco y empujé la puerta, dispuesto a exigirle explicaciones a mi Mariposa, a reclamarle por su imprudencia en la calle y a imponer el peso de mi autoridad para protegerla de sí misma. Pero el escenario que me recibió al cruzar el umbral congeló el aire en mis pulmones y transformó mi furia en un dolor frío y devastador.
La habitación estaba en una penumbra sofocante. Amira no estaba llorando sumisamente en un rincón, ni se había escondido bajo las colchas. Estaba de pie cerca de la gran ventana de arco, dándome la espalda, intentando quitarse la pesada túnica de gala azul noche que Layla le había impuesto a la fuerza. La tela rígida estaba atascada entre sus hombros, y cuando el tejido finalmente cedió, deslizándose hacia su cintura, la luz grisácea de la tarde reveló la monstruosidad.
Cuatro líneas perfectas, rojas, hinchadas y cubiertas de sangre fresca cruzaban su espalda de seda. Cuatro azotes brutales.
El mundo se detuvo para mí. Layla no solo la había abofeteado en la plaza pública; sus malditos guardias eunucos la habían azotado en el trayecto de regreso bajo las órdenes directas de mi esposa, aprovechando el caos y el decreto de disciplina del harén. El fuego de una posesividad animal me nubló la vista. Di un paso rápido hacia ella, extendiendo mis manos grandes y calientes con la única intención de evaluar el daño, de tocar sus heridas con la delicadeza que nunca mostraba de día, de curar la piel que yo mismo había marcado con mis caricias lentas la noche anterior.
—Amira… —mi voz flaqueó por primera vez en mi vida.
Pero antes de que mis dedos rozaran la línea de su hombro, ella reaccionó con la velocidad de un felino acorralado. Se giró de golpe, cubriendo sus pechos con los restos de la túnica rota, y dio un salto hacia atrás, alejándose de mí como si yo fuera el mismísimo demonio del desierto. Sus ojos, antes llenos de la calidez de su tierra, desbordaban una furia salvaje, lágrimas de pura impotencia y un desprecio tan profundo que me caló directo en los huesos.
—¡No me toques! —gritó, su voz rasgando el silencio de la habitación con una fuerza desgarradora—. ¡No te atrevas a poner tus malditas manos de opresor sobre mí! ¡Aléjate!
—Tranquilízate, latina —ordené, forzando a mi voz a recuperar el tono imperioso del futuro Sultán, intentando ocultar el vuelco que mi corazón acababa de dar ante su rechazo—. Déjame ver esas heridas. Necesito llamar al médico personal del palacio para que limpie la sangre de tu espalda.
Esa sola palabra, ese apelativo con el que todo el palacio la despojaba de su identidad, fue la chispa que desató la tormenta absoluta que Amira llevaba guardada desde que pisó este infierno de arena. Sus facciones se encendieron, y una risa histérica y rota escapó de sus labios.
—¡No me llames latina! —rugió, dando un paso hacia adelante, desafiando mi altura, mi corona y el peligro que yo representaba—. ¡Me llamo Amira! ¿Me escuchas? ¡Mi nombre es Amira, no soy una maldita etiqueta que puedas usar para pisotearme! ¡Tengo un nombre, tengo una vida, tengo una maldita dignidad que todos ustedes se han encargado de arrastrar por el lodo desde que llegué a este maldito desierto!
Estaba completamente fuera de sí. El trauma del calabozo, la humillación pública, el dolor físico de los azotes y la traición de ver que yo no había bajado del auto para defenderla la habían quebrado por completo, transformando su miedo en una locura destructiva.
Amira se giró hacia la mesa de noche de madera tallada y, con un movimiento violento de su brazo, arrojó la lámpara de aceite de bronce contra la pared de mármol. El metal chocó con un estruendo ensordecedor, esparciendo el líquido por el suelo. No se detuvo allí. Corrió hacia el tocador, tomó los frascos de perfumes costosos que yo mismo le había enviado y los estrelló uno a uno contra el piso, inundando el aire con un olor penetrante a rosas y cristales rotos.
—¡Odio este lugar! ¡Odio tus leyes, odio tu harén, odio tu maldita corona de sangre! —gritaba, las lágrimas limpiando los restos del maquillaje que Layla le había puesto—. ¡No soy una pieza de tu tablero de ajedrez! ¡No soy la incubadora de tu hermano moribundo! ¡Soy un ser humano!
—¡Basta, Amira! —rugí, intentando atrapar sus muñecas mientras ella destrozaba las cortinas de seda con sus uñas—. ¡Detén esta locura ahora mismo o los guardias entrarán!
—¡Que entren! ¡Que me maten de una vez! —exclamó, plantándose frente a mí, con el pecho subiendo y bajando, la espalda sangrando y los ojos inyectados en lágrimas de pura desesperación—. ¡Eso es lo que quiero! ¡Prefiero estar muerta, prefiero que me entierren hoy mismo en esas tumbas de las que tanto hablan, antes que seguir viviendo un solo día como tu esclava, como tu prisionera, como el maldito secreto de tu cama! ¡Mátame, Cem! ¡Hazlo de una vez si eres tan hombre, saca tu maldita daga y termina con esta tortura porque ya no aguanto más! ¡Quiero estar muerta!
Sus palabras, su deseo de morir antes que pertenecer al mundo que yo gobernaba, me golpearon como un puñetazo directo al orgullo y al corazón. Verla gritar que prefería el fin de sus días antes que aceptar mi protección en las sombras me sacó por completo de mis casillas. El control dinástico del Lobo, la frialdad del futuro Sultán, todo se desmoronó bajo el peso de una rabia primitiva y posesiva.
No pensé. El impulso salvaje tomó el control de mi cuerpo.
Levanté la mano derecha y, en un intento desesperado por cortar su ataque de histeria, por hacerla reaccionar y sacarla de ese bucle de locura destructiva que la iba a llevar a la tumba si el consejo la escuchaba, descargué una bofetada seca directamente sobre su mejilla derecha.
¡ZAS!
El sonido del golpe impactando en su piel limpia rompió el estruendo de los cristales rotos, dejando un vacío absoluto en la habitación.
La cabeza de Amira se giró violentamente hacia la izquierda por la fuerza del impacto. Sus gritos se cortaron de golpe, reemplazados por un jadeo ahogado. Su cuerpo flaqueó y, perdiendo el equilibrio que el mareo ya le estaba robando, cayó sentada sobre el borde de la gran cama real, con las piernas temblando y los restos de la túnica azul cubriendo apenas su desnudez delantera.
El silencio que siguió fue sepulcral, espeso, cargado de un horror que me heló la sangre.
Me quedé estático en medio de la habitación, con la mano todavía alzada en el aire, sintiendo el ardor de su piel en mis dedos. Miré mi propia palma con un asco infinito. Yo, el hombre que había jurado en el bote de nácar que ella no tenía nada que temer mientras estuviera a mi lado; yo, el Lobo que pretendía ser su único escudo contra las víboras del palacio, acababa de convertirme en uno de sus verdugos. Le había pegado. Había usado mi fuerza física contra la única mujer que había logrado hacerme reír en medio de la oscuridad.
Amira permaneció inmóvil en el borde del colchón durante varios segundos. Lentamente, levantó el rostro. Su cabello oscuro caía revuelto sobre sus hombros, y en su mejilla derecha comenzaba a formarse una marca roja e hinchada, el reflejo exacto de mi propia brutalidad, haciendo simetría con el golpe que Layla le había dado por la mañana.
Pero lo que me destrozó por dentro no fue la marca física; fue su mirada. Ya no había la furia de la latina indomable, ni los gritos de la mujer histérica. Había una frialdad muerta, un vacío absoluto y un desprecio gélido que nunca le había visto a ningún ser humano. Me miraba como se mira a un monstruo, a un despojo sin alma que acababa de arrancar el último gramo de confianza que le quedaba en este mundo.
Intenté enmendar el error. El remordimiento me carcomió las entrañas y di dos pasos rápidos hacia la cama, arrodillándome parcialmente frente a ella. Extendí mi mano temblorosa, buscando tocar su rostro, delinear la mejilla que acababa de golpear para pedirle un perdón que mi orgullo de príncipe jamás había pronunciado.
—Amira… lo siento… yo no quería… —susurré, mi voz rota por la culpa.
En cuanto mis dedos rozaron la comisura de sus labios, Amira reaccionó con una repugnancia visceral. Se encogió sobre sí misma, arrastrando su cuerpo hacia atrás sobre las sábanas de seda, alejándose de mi contacto como si mi piel quemara con el fuego del infierno. Se abrazó las rodillas contra el pecho, ocultando su espalda herida, y clavó sus ojos vacíos en la pared opuesta de la habitación, ignorando por completo mi presencia, mi cercanía y mis disculpas.
Me puse de pie con lentitud, sintiendo el peso de mi propia Corona como una cadena que me asfixiaba el cuello. La distancia que ella había puesto entre los dos en esa cama era más grande que todo el desierto que rodeaba el palacio. El Lobo había intentado domar a la Mariposa con la fuerza, y solo había logrado romperle las alas.
—No saldrás de aquí, Amira —sentencié, forzando a mi voz a recuperar una firmeza falsa, una autoridad vacía que intentaba ocultar el temblor de mis manos—. El consejo de ancianos exige tu reclusión o tu muerte, y la única forma de mantenerte con vida es que permanezcas bajo mi llave en esta habitación. Estás confinada por tu propia seguridad. Cumplirás mis órdenes te guste o no.
Esperé una respuesta. Esperé que me gritara de nuevo, que me insultara, que me arrojara otro frasco de perfume o que me escupiera a la cara el desprecio que sentía. Cualquier cosa era mejor que ese silencio sepulcral.
Pero Amira no respondió. No se movió un solo milímetro. Siguió con la mirada fija en la nada, con la respiración contenida y el rostro de piedra, como si yo ya no existiera en su mundo, como si Cem Al-Fayed se hubiera convertido en un fantasma invisible en medio de sus aposentos destrozados.
La falta de su voz me dolió más que cualquier herida de batalla. Sintiéndome completamente derrotado por mi propia bestialidad, di la vuelta con pasos pesados. Crucé la habitación pisando los cristales rotos de los perfumes que ahora olían a una tragedia inminente, y abrí la puerta de madera.
Al salir al pasillo, cerré la puerta de golpe y escuché el sonido del pestillo de bronce encajando en su lugar, sellando su prisión. Me quedé estático frente a los dos guardias reales, que me miraron de reojo, intimidados por el aura de desolación que desprendía mi cuerpo.
Caminé por los pasillos de la mansión sin un rumbo fijo, con las manos metidas en los bolsillos de mi túnica, completamente perdido, sin saber qué hacer por primera vez desde que asumí la regencia del trono. Había salvado a Amira de la jauría de ancianos y de las garras de Layla, pero al precio de convertirme en el hombre que ella más odiaba en la Tierra. El olor de sus perfumes rotos me seguía los pasos por la mansión, mientras el sabor de la traición y la culpa se instalaba en mis labios bajo la luz agonizante del atardecer.







