El eco de los golpes de mi bastón dinástico ficticio contra las leyes del consejo todavía me vibraba en los nudillos cuando alcancé los pasillos del ala este. Mi respiración era un rugido contenido, un torbellino de celos, rabia e impotencia que amenazaba con destrozar las sagradas paredes de la mansión real. Las palabras de esos viejos decrépitos exigiendo el vientre de Amira para engendrar el hijo de mi hermano moribundo seguían quemándome el cerebro como hierro fundido.
Llegué frente a la pe