Mundo ficciónIniciar sesiónEl crujido del mármol bajo las rodillas de Amira y el sonido seco de la segunda bofetada que Layla descargó sobre su rostro calaron directo en mis entrañas, desatando una tempestad que amenazó con derribar cada gramo de mi maldito autocontrol. Verla allí tirada, con su rostro moreno y hermoso expuesto ante los ojos pecaminosos de la plebe, temblando por un mareo que no lograba comprender, me revolvió la sangre.
—¡Detén el maldito auto! —rugí, mi voz vibrando en el espacio cerrado del vehículo blindado con una violencia que hizo que el chofer clavara los frenos al instante.
Apoyé mi mano pesada en la manija de la puerta, listo para bajar, desenvainar mi daga real si era necesario y cortar la mano de mi esposa antes de que volviera a rozar la piel de mi Mariposa. Nadie, absolutamente nadie, tenía el derecho de castigar lo que ya era de mi propiedad en las sombras.
Sin embargo, antes de que pudiera abrir la puerta, un brazo firme y cubierto por una túnica gris se cruzó en mi pecho. Tarek, el comandante general de la guardia real y mi asesor de más absoluta confianza, me sostuvo con una fuerza desesperada.
—¡No, mi señor! ¡No lo haga! —siseó Tarek, sus ojos abiertos por el pánico político mientras miraba por la ventana—. Mírelos. Todo el consejo de ancianos y los ministros de la asamblea la están observando. Si el futuro Sultán baja del vehículo oficial en este preciso momento para defender a la esposa viuda de su hermano moribundo, el secreto se acabará hoy. Layla lo sabe. Ella tendió esta trampa en la calle precisamente para ver su reacción. Si baja, confirmará ante todo el Sultanato que la latina es su debilidad. Destruirá su derecho al trono y firmará la sentencia de muerte de esa mujer por alta traición antes de que caiga el sol.
—¡Suéltame, Tarek! —gruñé, mis dedos enterrándose en la manija con tanta fuerza que mis nudillos se tornaron completamente blancos—. Está de rodillas en la maldita acera. Ese infiel la tocó… Layla la está humillando ante el pueblo. No voy a quedarme aquí dentro como un cobarde mientras mi sangre es pisoteada.
—Ella es la esposa de Zaid ante la ley de su padre, mi señor, no la suya —insistió Tarek, sudando frío pero manteniendo el brazo firme—. Deje que los guardias del harén la suban al coche de la Sultana. Si interviene ahora, el consejo usará las leyes de la Sharía para lapidarla por libertina antes de que termine la semana. Piense con la cabeza de un gobernante, no con el impulso de un lobo celoso. Se lo suplico.
Apreté la mandíbula con tal intensidad que un dolor agudo me recorrió la línea de la oreja. Por el retrovisor del auto, vi cómo los guardias eunucos de Layla levantaban a Amira del suelo de piedra. Ella apenas podía mantenerse en pie; su cabeza colgaba, lánguida, entregada por completo a una debilidad física que me encendió las alarmas. Layla la empujó dentro del vehículo trasero con desprecio, cerrando la puerta de golpe mientras lanzaba una mirada de triunfo hacia mi convoy, sabiendo que me había dado un golpe maestro en el tablero.
—Arranca —le ordené al chofer, mi voz bajando a un tono tan gélido y susurrante que pareció congelar el aire acondicionado del auto—. Regresa a la mansión real. Ahora.
El trayecto de regreso fue un calvario de silencio y furia contenida. El aroma a sándalo y pecado de nuestra noche en el bote todavía persistía en los pliegues de mi ropa, un recordatorio constante de que esa mujer me pertenecía en cuerpo y alma, y que yo había jurado ser su escudo contra las víboras del reino. Y en su primera salida, mi propia esposa la había arrastrado por el barro de la plaza pública.
Cuando el vehículo se detuvo finalmente en el patio de honor de la gran mansión real, no tuve tiempo ni de respirar. Al bajar del auto, el jefe de los ujieres se acercó a mí con la cabeza baja, temblando.
—Mi señor… el consejo de ancianos del Sultanato lo espera en el Salón del Trono Bajo. Han convocado una asamblea de emergencia tras los acontecimientos de la plaza norte. Exigen su presencia inmediata.
Cerré los puños, ocultándolos bajo las amplias mangas de mi túnica de gala. No podía negarme. Si posponía la reunión o si me negaba a escucharlos, delataría la urgencia y la preocupación desmedida que me carcomía las entrañas por Amira. Un futuro Sultán no debía mostrar prisa por los asuntos de una mujer extranjera. Tenía que entrar allí con la frialdad de una estatua de mármol.
Caminé con paso firme por los pasillos alfombrados, el eco de mis botas resonando con una cadencia militar. Al abrirse las enormes puertas de bronce del Salón del Trono Bajo, me topé con la jauría completa. Los doce ancianos del consejo, los hombres más poderosos, tradicionales y dogmáticos del imperio, estaban sentados en semicírculo sobre los divanes de terciopelo. En sus rostros arrugados y barbas canosas no había compasión, solo la rigidez implacable de las leyes ancestrales que gobernaban el desierto desde hacía siglos.
Me ubiqué en el centro de la sala, de pie ante ellos, sin sentarme en el trono, demostrando que estaba listo para la batalla.
—Hablad —sentenció mi voz, cortando el murmullo de sus rezos—. ¿Cuál es el asunto tan urgente que requiere interrumpir los deberes del regente?
El anciano Abdul, el miembro más longevo y radical del consejo, aquel que había firmado el contrato con el padre de Amira hace veinte años, dio un paso al frente, apoyándose en su bastón de plata. Sus ojos oscuros brillaban con una indignación puritana.
—Príncipe Cem… el honor de la dinastía Al-Fayed ha sido arrastrado hoy por los suelos del distrito norte —comenzó Abdul, su voz ronca vibrando con severidad—. La mujer latina que vuestro difunto padre aceptó por un contrato de honor ha osado mostrar su rostro ante los infieles, ante los mercaderes y los turistas. Ha permitido que un hombre occidental pusiera sus manos sobre su cuerpo en plena vía pública. Es un sacrilegio que nuestro pueblo no va a tolerar. Exigimos una solución drástica para limpiar esta mancha.
—La Sultana Layla ya ha aplicado el castigo correspondiente en el lugar de los hechos —respondí, manteniendo mi rostro inexpresivo, aunque por dentro quería cortarle la lengua—. La disciplina del harén se encargará de reeducar a la princesa en el uso del velo. No hay necesidad de convertir un desmayo por el calor en una crisis de estado.
—¡No es suficiente! —interrumpió el anciano Malik, un hombre de facciones duras y mirada cruel—. Esa mujer es una maldición para nuestro linaje. Vuestro hermano Zaid yace en una cama de hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte por culpa de un atentado que aún no hemos esclarecido, y su esposa se dedica a exhibirse como una cortesana barata en las calles. Si el príncipe Zaid llega a morir en los próximos días… el consejo propone aplicar la ley de la tradición más antigua del desierto.
Me tensé, dando un paso imperceptible hacia adelante.
—¿A qué tradición te refieres, Malik? —pregunté, mis ojos entornándose.
—Si el príncipe Zaid muere, sería mejor que ella sea enterrada con él —soltó el anciano sin un solo rastro de duda en su voz—. No viva en una tumba, por supuesto, pero sí recluida para siempre en el mausoleo subterráneo de las viudas reales, despojada de sus títulos, de sus ropas y de cualquier contacto con el mundo exterior hasta que sus días terminen. Una mujer que deshonra a su esposo moribundo en público no merece seguir respirando el aire de este palacio.
Un frío asesino me recorrió la columna. La sola idea de que encerraran a mi Mariposa en las tumbas de las viudas, donde la luz del sol nunca llegaba, me provocó un impulso violento que casi me hace romper el protocolo. Pero antes de que pudiera responder, otro de los ancianos, el visir de las leyes dinásticas, levantó la mano para contradecir a Malik.
—La reclusión perpetua debilitaría la legitimidad del contrato que el antiguo Sultán firmó con Occidente, Malik —intervino el visir, acariciándose la barba—. Lo que esa mujer necesita no es la muerte ni el encierro eterno; lo que exige este consejo es disciplina. Una disciplina de hierro dentro del harén. Debe ser confinada a sus aposentos bajo la estricta vigilancia de la Gran Sultana Layla, despojada de cualquier libertad, y sometida a los azotes tradicionales si vuelve a mostrar un solo centímetro de piel fuera de su habitación.
Escuchaba sus propuestas de castigo y reclusión como si estuvieran discutiendo sobre una pieza de ganado, una mercancía que les pertenecía. Layla había logrado exactamente lo que quería: poner al consejo en contra de Amira para obligarme a mí a firmar su destrucción.
Sin embargo, lo peor estaba por venir. El anciano Abdul volvió a golpear su bastón contra el suelo de mármol, llamando la atención de todos los presentes. Su rostro adoptó una expresión de absoluta frialdad legalista.
—Hay un asunto aún más imperativo que la disciplina, príncipe Cem —sentenció Abdul, mirándome fijamente—. El linaje de los Al-Fayed no puede quedar desprotegido. Vuestro hermano menor, Zaid, es el segundo en la línea de sucesión. El contrato matrimonial se firmó con un único propósito legal: traer un heredero varón que asegure la continuidad de su rama familiar en caso de que la tragedia golpee este palacio.
—Zaid está en coma profundo, Abdul —respondí, mi voz tornándose más ronca y peligrosa—. Las máquinas sostienen su respiración en el ala médica. ¿De qué heredero estás hablando?
—Exigimos que ella consuma el matrimonio de inmediato —soltó Abdul a quemarropa.
El Salón del Trono se quedó en un silencio tan denso que podía escucharse el siseo de las lámparas de aceite. Sentí un vuelco violento en el estómago, una mezcla de asco, posesividad salvaje y furia animal que amenazó con nublarme la vista.
—¿Estás sugiriendo que consume el matrimonio con un hombre que no puede levantarse de una cama? —pregunté, mis palabras saliendo como estocadas de hielo.
—Exactamente —confirmó el visir de las leyes, apoyando a Abdul—. El hecho de que el príncipe Zaid esté en coma no quiere decir que su cuerpo no pueda reaccionar a los estímulos de una mujer. La ciencia médica y nuestros médicos tradicionales confirman que las funciones biológicas básicas del hombre siguen activas bajo los efectos de las medicinas. Ella es su esposa legítima. Es su deber entrar a esa habitación médica, desnudarse ante su esposo y forzar la consumación del matrimonio para quedar embarazada de un heredero de Zaid. Si es necesario, los médicos reales intervendrán para extraer la semilla de vuestro hermano e implantarla en el vientre de la latina de forma artificial.
—Debemos asegurar la descendencia de Zaid ahora mismo —añadió Malik con malicia—, ya que vuestra esposa, la Gran Sultana Layla, aún no os ha dado un segundo heredero varón que estabilice el consejo, y no podemos permitirnos que el trono quede en el aire si la tragedia os alcanza a vos también, príncipe Cem. Ese vientre latino fue pagado con el oro de nuestro padre, y debe ser utilizado para el beneficio del imperio, incluso si tenemos que arrastrarla a la cama médica por la fuerza.
Cada palabra que salía de las bocas de esos viejos decrépitos se sentía como un insulto directo a mi hombría, a mi soberanía y, sobre todo, a la posesión absoluta que yo había reclamado sobre Amira. ¿Llevarla a la cama de Zaid? ¿Forzar su cuerpo a recibir la semilla de mi hermano moribundo cuando sus gemidos y sus uñas todavía estaban marcados en mi espalda? La sola imagen de Amira siendo tocada por los médicos o colocada sobre el cuerpo inerte de Zaid para cumplir un propósito dinástico me provocó una náusea violenta y una sed de sangre que me costó un esfuerzo sobrehumano contener. Ella era mía. Su placer, su vientre y sus gritos me pertenecían solo a mí bajo las estrellas. No iba a permitir que nadie pusiera una sola mano sobre ella para engendrar un hijo que no fuera de mi propia sangre.
Me acerqué a los ancianos con pasos lentos, imponentes, desprendiendo un aura tan dominante y peligrosa que los murmullos del consejo se apagaron al instante. Me detuve a escasos centímetros de Abdul, obligándolo a levantar la cabeza para sostener la mirada del Lobo.
—Escuchadme bien, ancianos del consejo —siseó mi voz, cargada de una amenaza implacable que hizo que varios de ellos se tensaran en sus asientos—. El regente de este trono soy yo. Las leyes del desierto se respetan en este palacio, pero no voy a permitir que convirtáis la dinastía Al-Fayed en un circo de barbarie ante los ojos del mundo exterior.
Hice una pausa, recorriéndolos con mi mirada de obsidiana, asegurándome de que entendieran que no estaba pidiendo una opinión, sino dictando una ley.
—No habrá entierros en vida para Amira, ni reclusiones perpetuas que provoquen una intervención del gobierno occidental en nuestras fronteras —sentencié con firmeza—. En cuanto a la consumación del matrimonio con mi hermano… la salud de Zaid es extremadamente delicada. Los médicos jefe me han informado que cualquier alteración física en su habitación, cualquier estímulo forzado o procedimiento artificial para extraer su semilla podría provocar un colapso definitivo en su sistema nervioso, matándolo al instante. ¿Queréis convertiros en los asesinos del segundo príncipe por la prisa de un heredero?
Los ancianos se miraron entre sí, intimidados por el argumento médico y por la autoridad incuestionable de mi tono. Abdul apretó los labios, pero no se atrevió a contradecirme.
—La disciplina de Amira es un asunto del harén, y yo personalmente me encargaré de supervisar que se cumpla el protocolo —continuó, mi voz bajando a un tono definitivo—. Será confinada a sus aposentos en el ala este a partir de este momento, bajo llave, y nadie, ni la Sultana Layla, ni los médicos reales, ni ninguno de vosotros, pondrá un pie en su habitación sin mi autorización firmada con el sello del Lobo. El vientre de esa mujer y el honor de mi hermano quedan bajo mi exclusiva custodia protectora hasta que Zaid despierte o hasta que yo decida cuál será su destino ante la ley. Esta asamblea ha terminado.
Sin esperar una reverencia ni una respuesta de su parte, me di la vuelta con brusquedad, dejando que mi túnica restallara en el aire del salón. Salí a grandes zancadas, cruzando las puertas de bronce que los guardias abrieron de inmediato.
Caminé a toda velocidad por los pasillos que conducían al ala este, el sector donde Amira estaba prisionera. La furia y los celos primitivos me nublaban el juicio. Necesitaba verla. Necesitaba comprobar por qué se había mareado en la plaza, si era por el calor del desierto o por las secuelas del calabozo. Pero sobre todo, necesitaba recordarle con la fuerza de mi propio cuerpo que su fidelidad me pertenecía a mí, y que prefería quemar el palacio entero con el consejo adentro antes que permitir que otro hombre pusiera sus manos sobre la Mariposa que yo había jurado proteger en la oscuridad.







