El crujido del mármol bajo las rodillas de Amira y el sonido seco de la segunda bofetada que Layla descargó sobre su rostro calaron directo en mis entrañas, desatando una tempestad que amenazó con derribar cada gramo de mi maldito autocontrol. Verla allí tirada, con su rostro moreno y hermoso expuesto ante los ojos pecaminosos de la plebe, temblando por un mareo que no lograba comprender, me revolvió la sangre.
—¡Detén el maldito auto! —rugí, mi voz vibrando en el espacio cerrado del vehículo b