La luz del amanecer apenas comenzaba a teñir de tonos rojizos y dorados las altas ventanas de arco de mis aposentos cuando la paz de mi sueño se rompió de golpe. El cansancio de la noche anterior, el peso del agua fría del canal, el calor de los brazos de Cem y la deliciosa tortura de sus caricias lentas bajo las estrellas aún me pesaban en los párpados. Sentía el cuerpo laxo, extrañamente sobrecalentado, y un sutil pero persistente malestar en la boca del estómago que atribuí al estrés de los