cap 18

La luz del amanecer apenas comenzaba a teñir de tonos rojizos y dorados las altas ventanas de arco de mis aposentos cuando la paz de mi sueño se rompió de golpe. El cansancio de la noche anterior, el peso del agua fría del canal, el calor de los brazos de Cem y la deliciosa tortura de sus caricias lentas bajo las estrellas aún me pesaban en los párpados. Sentía el cuerpo laxo, extrañamente sobrecalentado, y un sutil pero persistente malestar en la boca del estómago que atribuí al estrés de los últimos días y a las largas horas de ayuno en el calabozo.

De repente, la pesada puerta de madera tallada se abrió de par en par con un estruendo seco. El sonido de unos pasos rápidos, firmes y decididos sobre el mármol me sobresaltó, obligándome a incorporarme en la cama de inmediato, aferrando las sábanas de seda contra mi pecho.

Era ella. La Gran Sultana.

Layla entró a la habitación como un torbellino de soberbia y seda verde esmeralda, rodeada por tres de sus damas de compañía más fieles. Su rostro, perfectamente maquillado a pesar de la hora, era una máscara de fría superioridad. Sus ojos calculadores se clavaron en mí, recorriendo mi cabello revuelto y la palidez de mis mejillas con un desprecio mal disimulado.

—Levántate, latina —ordenó con una voz gélida que resonó en las paredes abovedadas—. El sol ya ha salido y en este palacio las mujeres de honor no se quedan a disipar el día entre las sábanas como si fueran cortesanas perezosas.

—¿Qué haces aquí, Layla? —pregunté, forzando a mi voz a sonar firme, aunque un repentino mareo me obligó a parpadear un par de veces para estabilizar la vista—. Estos son mis aposentos. No tienes derecho a entrar de esta manera.

Layla soltó una risa corta, un sonido agudo y falso que me erizó los pelos de la nuca. Dio un paso hacia el borde de mi lecho, entornando los ojos.

—Tengo derecho a entrar a cualquier rincón de este palacio si así lo deseo, intrusa. Pero hoy no vengo por simple capricho. Vengo a comunicarte que, por orden expresa del Sultán regente, mi esposo, vas a salir de estas paredes hoy mismo. Vas a acompañarme a la reunión de beneficencia del ala norte. Llegó el momento de que la alta sociedad vea qué clase de mercancía barata trajo el contrato de tu padre. Por orden de Cem, debes prepararte ahora.

Al escuchar el nombre de Cem, el corazón me dio un vuelco violento. ¿Por orden de él? Recordé sus palabras en el bote, su advertencia de que debía seguir sus reglas y que mi fidelidad le pertenecía. ¿Me estaba entregando a los lobos de la alta sociedad? ¿O era esto parte del juego peligroso que jugábamos en las sombras? El malestar en mi estómago se intensificó, una náusea repentina y ácida que me obligó a llevarme una mano a la boca. Me sentía verdaderamente mal, débil, como si el calor del desierto me estuviera consumiendo desde adentro.

—No me siento bien, Layla —dije, apoyando una mano en el colchón para intentar levantarme, pero sintiendo que las fuerzas me fallaban—. No voy a ir a ninguna reunión hoy. Dile al Sultán que saldré cuando mi cuerpo me lo permita.

La audacia de mis palabras, el atrevimiento de desafiar una supuesta orden real frente a sus sirvientas, fue la chispa que encendió el veneno de la Sultana.

Con la velocidad de una cobra, Layla acortó la distancia, levantó la mano derecha —adornada con pesados anillos de oro y esmeraldas— y la descargó con brutalidad directamente contra mi mejilla izquierda.

¡ZAS!

El sonido de la bofetada rompió el aire de la habitación. El impacto fue tan certero y violento que mi cabeza se giró hacia un lado, y el sabor metálico de la sangre inundó mi boca de inmediato. Un dolor ardiente se extendió por toda mi cara, pero lo que más dolió fue la humillación, el fuego de la rabia latina que se encendió en mis venas ante el golpe.

—¡Aprende cuál es tu lugar, maldita impura! —siseó Layla, inclinándose sobre mí, su aliento rozando mi rostro—. En este reino no decides tú. Si el Sultán ordena que camines, caminas. Si ordena que te arrodilles, te arrodillas. No eres más que la sombra de un hombre moribundo que yace en una cama de hospital. No vuelvas a desafiarme, porque la próxima vez no será una mano la que te eduque, sino el látigo de los verdugos. ¡Vístanla!

Las damas de compañía se abalanzaron sobre mí antes de que pudiera reaccionar. Con brusquedad y sin la menor delicadeza, me arrastraron fuera de la cama. Ignoraron mis quejas y el mareo que me hacía flaquear las piernas. Me vistieron con una túnica larga y rígida de color azul oscuro, pesada y sofocante, y me colocaron el velo tradicional alrededor de la cabeza, asegurándolo con fuerza, ocultando la marca del mordisco de Cem en mi hombro y la piel enrojecida de mi mejilla por el golpe. Solo mis ojos quedaron expuestos, unos ojos que desbordaban lágrimas de pura impotencia y furia.

Menos de una hora después, me encontraba sentada en la parte trasera de un imponente vehículo oficial blindado, al lado de Layla. El trayecto hacia el ala norte, una de las zonas más exclusivas e históricas de la ciudad donde se celebraba la asamblea de las familias nobles, fue un silencio sepulcral. Yo miraba por la ventana, intentando controlar el sudor frío que perlaba mi frente y el latido desbocado de mi corazón.

Cuando llegamos, el escenario era imponente. Era una plaza abierta de mármol blanco, rodeada de columnas antiguas y arcos tallados, donde se concentraban los ministros, los ancianos del consejo y las mujeres más poderosas del reino, vestidas con abayas de hilos de oro y joyas deslumbrantes. El aire era pesado, caliente, cargado del olor a incienso caro y especias orientales.

Layla me guió con paso firme hacia el centro de la reunión. Nos situamos en un área elevada, cerca de las mesas donde los hombres discutían los asuntos del estado y la beneficencia. Yo permanecía un paso por detrás, como una sombra silenciosa, siguiendo la etiqueta que me habían impuesto a la fuerza.

Los murmullos empezaron de inmediato. Podía escuchar las voces de los ancianos y de las mujeres de la corte que nos rodeaban. Hablaban en su idioma, ese árabe fluido, rápido y gutural del que yo solo entendía unas pocas palabras sueltas.

...la extranjera... —susurraba una mujer mayor detrás de su abanico de seda.

...el contrato de la vergüenza... la mujer de Zaid... —decía uno de los ministros con tono severo.

Sentía sus miradas como puñales clavándose en mi piel. Intentaba concentrarme, descifrar lo que decían, pero el zumbido en mis oídos se volvía cada vez más fuerte. El mareo que me había atacado en la mañana regresó con una fuerza devastadora. La plaza de mármol parecía moverse bajo mis pies descalzos; las columnas se deformaban y el calor sofocante del mediodía se me colaba por la pesada túnica, haciéndome sentir que me asfixiaba. Cerré los ojos por un segundo, buscando el aire que parecía faltarme, aferrándome al tejido de mi ropa para no desplomarme allí mismo.

Decidí dar unos pasos hacia atrás, buscando alejarnos de la multitud para llegar a una zona más abierta cerca de la calle lateral, donde la brisa del desierto soplaba con un poco más de libertad. Layla estaba demasiado ocupada sonriendo y recibiendo los elogios de las demás cortesanas como para notar mi retirada.

Caminé con torpeza, sintiendo que el suelo de piedra era inestable como la madera del bote de la noche anterior. Llegué al borde de la acera de la plaza, justo donde la zona peatonal colindaba con la avenida principal del distrito real. El sol me daba de lleno en el rostro, cocinándome viva detrás del velo oscuro.

Fue en ese preciso instante de debilidad cuando ocurrió el desastre.

Entre la multitud que caminaba por la calle, alguien —no supe quién, si fue una de las espías de Layla, un fanático del consejo o simplemente un saboteador en medio del tumulto— se acercó a mí por la espalda con una velocidad alarmante. Sentí un tirón violento, seco y despiadado en la parte posterior de mi cabeza.

¡FIIIP!

El velo de seda azul noche fue arrancado de cuajo de mi rostro, soltando los ganchos que lo sujetaban y tirando de mi cabello con fuerza.

El aire fresco de la calle me golpeó la cara de golpe, pero el horror me congeló la sangre. Mi rostro estaba completamente al descubierto en medio de la vía pública, ante los ojos de cientos de personas. En este reino, que una mujer de la familia real mostrara las facciones, la boca y la piel ante extraños era la peor de las deshonras, un sacrilegio imperdonable ante sus leyes de honor.

El silencio que cayó sobre la calle y la plaza fue sepulcral, una quietud aterradora que me heló los huesos. Decenas de transeúntes, mercaderes, soldados y nobles se detuvieron en seco, clavando sus ojos en mí con expresiones de absoluto shock, indignación y lujuria prohibida. Escuché los jadeos colectivos y los murmullos indignados que estallaron como pólvora.

—¡Miradla! ¡Es la latina! ¡Está mostrando el rostro! —gritó un hombre desde la multitud.

—¡Qué deshonra para los Al-Fayed! ¡Es una libertina! —exclamó una mujer, escandalizada.

El pánico me paralizó por completo. Me cubrí la cara con las manos, intentando ocultar mi piel, sintiendo que las lágrimas de humillación finalmente rodaban por mis mejillas. Busqué desesperadamente una vía de escape, pero el mundo real a mi alrededor comenzó a dar vueltas a una velocidad vertiginosa. Las voces de la multitud se convirtieron en un eco distorsionado, las luces del sol se volvieron destellos cegadores y mis piernas, completamente debilitadas por la náusea y el mareo que me venían arrastrando, cedieron por completo.

En ese mismo instante crítico, un imponente convoy de vehículos negros con el sello dorado del Lobo pasó lentamente por la avenida principal. En el asiento trasero del coche principal, con el cristal blindado parcialmente abajo, iba Cem.

Nuestras miradas se cruzaron a través del tumulto por una fracción de segundo eterna. Vi cómo sus ojos de obsidiana se abrían con una mezcla de furia salvaje y sorpresa absoluta al verme allí, desprotegida, con el rostro expuesto ante la plebe y con la marca de la bofetada de Layla brillando en mi mejilla. Vi cómo su mandíbula se tensaba tanto que los músculos parecieron estallar, y cómo hacía una seña enérgica con la mano a su chofer para que detuviera el vehículo de inmediato, listo para bajar y masacrar a cualquiera que se hubiera atrevido a tocar lo que era suyo.

Pero mi cuerpo no aguantó más. El mareo final me nubló la vista por completo. La realidad se tiñó de negro y comencé a caer de espaldas hacia el suelo de mármol, entregándome a la inconsciencia.

No llegué a tocar la piedra.

Unos brazos extraños, más ligeros y delgados que los de Cem, me sujetaron por la espalda antes de que mi cabeza se estrellara contra el suelo. Era un chico joven, un turista occidental que vestía ropa casual y llevaba una cámara colgada al cuello. Había visto mi desvanecimiento en medio del caos y, por puro instinto de humanidad y caballerosidad, se había abalanzado para sostener mi cuerpo inerte entre sus brazos, evitando que me lastimara.

—¡Oye! ¡Tranquila! ¿Estás bien? —preguntó el chico con un marcado acento inglés, preocupado, sosteniéndome contra su pecho mientras yo intentaba recuperar el sentido, parpadeando débilmente en un estado de semiinconsciencia.

El contacto de un hombre extranjero, un "infiel" a los ojos de la corte, tocando el cuerpo de la princesa de la dinastía Al-Fayed en plena calle, fue el detonante del acto final de esta pesadilla.

Layla, que había escuchado el escándalo en la calle, llegó al borde de la plaza rodeada de sus guardias justo a tiempo para presenciar la escena: yo, con el rostro descubierto, siendo sostenida en brazos por un hombre occidental en medio del escrutinio público.

La Gran Sultana vio la oportunidad de oro para destruirme por completo ante los ojos de todo el reino, y especialmente ante los ojos de Cem, cuyo vehículo acababa de detenerse a unos metros.

Con una expresión de furia teatral bien calculada, Layla avanzó hacia nosotros como una deidad vengativa. Rompió la distancia, apartó al turista de un empujón de sus guardias y, antes de que pudiera ponerme en pie por completo, levantó la mano una vez más.

¡ZAS!

Una segunda bofetada, aún más fuerte y humillante que la de la mañana, impactó en el otro lado de mi rostro, haciéndome caer de rodillas sobre el mármol caliente de la plaza.

—¡Maldita seas, perra libertina! —gritó Layla a pleno pulmón, asegurándose de que toda la multitud, los ministros y el mismo Cem escucharan su condena—. ¡Esta es la disciplina que mereces por deshonrar el apellido de mi esposo y la memoria de su hermano en la calle! ¡Llévensela al palacio! ¡Que reciba su castigo de inmediato por este sacrilegio!

Caí sobre mis manos en el suelo de piedra, con el rostro ardiendo, la vista nublada por las lágrimas y el estómago revuelto, sabiendo que el infierno acababa de desatarse sobre mí, y que el Lobo estaba mirando desde su auto, conteniendo una tormenta que amenazaba con destruir el imperio entero.

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