El eco de los gemidos de Amira y el siseo del agua del canal artificial seguían retumbando en mis oídos cuando crucé el umbral de mis aposentos privados. La madrugada agonizaba, cediendo su lugar a esa fina línea de luz grisácea que anunciaba el implacable amanecer del desierto. Caminaba con pasos pesados, no por el cansancio físico, sino por el peso brutal de la hipocresía que llevaba sobre los hombros. Yo, Cem Al-Fayed, el futuro Sultán, el hombre cuyo deber era ser la roca moral y política d