cap 17

El eco de los gemidos de Amira y el siseo del agua del canal artificial seguían retumbando en mis oídos cuando crucé el umbral de mis aposentos privados. La madrugada agonizaba, cediendo su lugar a esa fina línea de luz grisácea que anunciaba el implacable amanecer del desierto. Caminaba con pasos pesados, no por el cansancio físico, sino por el peso brutal de la hipocresía que llevaba sobre los hombros. Yo, Cem Al-Fayed, el futuro Sultán, el hombre cuyo deber era ser la roca moral y política de este imperio, regresaba a mi cama con el cuerpo impregnado del aroma a flores silvestres y sexo de la esposa de mi hermano en coma.

Me desabotoné la túnica blanca con dedos rígidos. Mis músculos protestaban levemente, quejándose del esfuerzo de haber nadado en el lago y de la deliciosa violencia con la que había reclamado a mi Mariposa sobre la madera del bote. Al pasar las manos por mi espalda, sentí el ardor de los arañazos que Amira había dejado con sus uñas. Esas líneas rojas eran heridas de guerra, marcas de un pecado que me corrompía la sangre y que, sin embargo, deseaba con una desesperación que me asustaba.

La habitación real estaba en penumbra, rota únicamente por la luz tenue de las lámparas de aceite que nunca se apagaban. Me acerqué al lecho monumental, esperando deslizarme entre las sábanas de seda sin levantar sospechas, pero la silueta que descansaba allí se movió de inmediato.

—¿Cem? ¿Eres tú? —la voz de la Gran Sultana, mi esposa legítima, cortó el silencio con una claridad que me indicó que no había dormido en toda la noche.

Me tensé por una fracción de segundo, adoptando de inmediato la máscara gélida y distante que el protocolo me exigía. No podía permitir que viera una sola rendija de vulnerabilidad en mí.

—Sí —respondí con voz ronca, dejando la túnica sobre un sillón de terciopelo y quedando solo en pantalones—. Acuéstate, Layla. Es tarde.

Ella se incorporó con lentitud, la seda de su camisón verde esmeralda resbalando por sus hombros. Incluso a estas horas de la madrugada, Layla conservaba esa postura altiva, soberbia y perfecta de la realeza árabe. Sus ojos, afilados y calculadores como los de una cobra, me recorrieron de arriba abajo, buscando cualquier indicio, cualquier pista que delatara dónde había estado el hombre que compartía su corona, pero no su corazón.

—¿Dónde estuviste? —preguntó, cruzándose de brazos, su tono oscilando entre la sospecha de una esposa celosa y la frialdad de una estratega política—. Los guardias del ala baja dijeron que bajaste a las celdas a ver a la intrusa latina, pero eso fue hace horas. El jefe de la guardia me informó que ordenaste evacuar los jardines traseros. ¿Qué asuntos tan urgentes tiene el futuro Sultán en los límites del palacio cuando el sol aún no ha salido?

Sentí un destello de furia en el pecho. Detestaba que cuestionaran mis movimientos, y más cuando Layla intentaba usar a mis propios guardias para vigilarme. Me acerqué a la cama con paso lento y dominante, obligándola a levantar la mirada.

—Estuve ocupado, trabajando —sentencié con una voz gélida que no admitía réplicas ni dobles interpretaciones—. Los ministros de finanzas del consejo enviaron informes de emergencia sobre las rutas comerciales del sur, y tuve que supervisar personalmente el despliegue de seguridad en el muelle del canal. No tienes por qué pedirme cuentas de cómo gestiono las horas de mi noche, Sultana. Mi deber con el trono no se detiene porque tú decidas tener insomnio.

Layla apretó los labios, insatisfecha con la respuesta, pero lo suficientemente inteligente como para saber hasta dónde presionar al Lobo antes de que este mostrara los colmillos. Se deslizó por el colchón hasta quedar de pie frente a mí. El aroma de su perfume costoso, una mezcla intensa de almizcle y ámbar, me inundó las fosas nasales, provocándome un rechazo casi físico. Mi mente, traidora y obsesionada, seguía atrapada en el olor a piel mojada y lago de Amira.

—Me preocupo por ti, mi señor —murmuró Layla, suavizando la voz en un intento de recuperar el control a través de la seducción.

Extendió sus manos enjoyadas y las apoyó en mi pecho desnudo. Sentí el impulso de apartarla, pero me obligué a permanecer inmóvil. Ella se inclinó hacia adelante y pegó sus labios a mi cuello, depositando un beso húmedo y prolongado justo en la línea de la mandíbula. Mis dedos se cerraron en puños a los costados de mi cuerpo. La sensación de su boca en mi piel me resultó intolerable; cada caricia suya se sentía como un insulto al fuego sagrado que acababa de consumir con la latina en el bote. Además, el miedo de que Layla notara el olor de Amira en mí o que sus dedos tropezaran con los arañazos de mi espalda me recorrió la columna como un escalofrío de hielo.

Me aparté con brusquedad fingiendo un bostezo y me pasé una mano por el rostro, cortando el contacto de inmediato.

—Estoy cansado, Layla —dije, dándole la espalda para caminar hacia el otro lado de la cama—. Ha sido una noche larga y el consejo de ancianos me espera a primera hora de la mañana para discutir la salud de mi hermano. No estoy de humor para juegos en el harén.

Layla se quedó estática en su lugar, sus ojos destellando con una furia silenciosa ante mi rechazo. Sin embargo, en lugar de retirarse a su lado de la cama, enderezó la espalda y adoptó esa sonrisa fría que siempre precedía a sus movimientos más calculados en el tablero de ajedrez del palacio.

—Entiendo tu cansancio, esposo —dijo con una falsa dulzura que me hizo poner en guardia—. Pero ya que mencionas el consejo y el honor de nuestra familia, hay un asunto del que debemos hablar antes de que concilies el sueño. Un asunto que no puede esperar.

Me senté en el borde de la cama, mirándola de reojo, con la mandíbula tensa.

—Habla de una vez —ordené.

—Quiero pedirte permiso para salir del palacio esta semana —soltó Layla, dando un par de pasos elegantes por la habitación—. Pero no iré sola. Quiero llevar conmigo a Amira. Deseo presentarla formalmente ante la alta sociedad del Sultanato en la beneficencia del ala norte.

La petición me cayó como un golpe en el estómago. Me giré por completo para mirarla, con los ojos entornados, intentando descifrar la trampa que mi esposa estaba tejiendo detrás de esa aparente muestra de generosidad.

—¿Presentar a Amira? —repetí, forzando a mi voz a mantenerse neutral—. Hace menos de unas horas estabas exigiendo que la encerraran en las celdas por libertina. La acusaste de deshonrar el linaje de mi hermano por no usar el velo y por tocar a un sirviente. ¿A qué viene este cambio tan repentino, Sultana?

Layla soltó una risita ligera, un sonido agudo y falso que me crispó los nervios.

—Oh, Cem, no seas tan severo. Lo de las celdas fue un castigo necesario para enseñarle una lección de disciplina a esa extranjera salvaje. Alguien tenía que recordarle cuáles son las leyes del desierto —explicó, mirándose las uñas pintadas de oro—. Pero he estado pensando… Mantenerla escondida en el ala este como un monstruo solo alimenta los rumores maliciosos en la corte. Los ministros ya están murmurando que la esposa de Zaid es una prisionera o una demente. A fin de cuentas, ella es una princesa ahora; es la esposa legítima de tu hermano de sangre, un miembro de la dinastía Al-Fayed ante la ley y ante el pueblo.

La Gran Sultana se acercó al borde de la cama, fijando sus ojos calculadores en los míos, revelando por fin el veneno detrás de su propuesta.

—Si la presento en la sociedad, mataremos dos pájaros de un tiro —continuó con malicia—. Mostraremos al pueblo que la familia real está unida y que respetamos el contrato que tu padre firmó. Pero, además… quiero ver cómo se comporta esa latina cuando esté bajo la mirada implacable de las familias más poderosas del reino. Quiero ver si es capaz de sostener el peso de nuestro protocolo o si terminará humillándose a sí misma y demostrando ante todos que no es más que una intrusa sin alcurnia que no merece llevar nuestro apellido. Déjame sacarla del palacio, Cem. Permíteme presentar a tu querida cuñada ante el escrutinio del mundo.

Escuchar sus palabras encendió todas mis alarmas. Sabía perfectamente lo que Layla estaba buscando: quería exponer a Amira a una jauría de lobas de la alta sociedad que la destrozarían viva por sus costumbres occidentales, por su acento, por su falta de sumisión. Quería crear el escenario perfecto para que Amira cometiera un error imperdonable que obligara al consejo de ancianos a desterrarla del país o, peor aún, a encerrarla para siempre. Era una cacería de brujas disfrazada de gala de caridad.

Mi primer instinto fue rugir un "no" rotundo, prohibirle a Layla que se acercara a Amira y encerrar a mi Mariposa en mis aposentos privados bajo mi exclusiva protección, cumpliendo la regla de fidelidad y sumisión que acabábamos de sellar en el bote. Pero si me negaba de forma tan rotunda, si protegía a la latina con demasiado ahínco, Layla confirmaría sus sospechas. Mi esposa no era tonta; si el futuro Sultán mostraba un interés tan desmedido por la esposa de su hermano en coma, el secreto de nuestra noche en Nueva York y de nuestros encuentros furtivos estallaría en la corte, desatando un escándalo político que podría costarme la corona y la vida de la misma Amira.

Tenía que jugar el juego. Tenía que ser más astuto que la cobra que dormía en mi cama.

—Está bien —respondí tras un largo silencio, manteniendo mi rostro como una máscara de piedra indescifrable—. Tienes mi permiso, Sultana. Saca a la esposa de mi hermano y preséntala en la sociedad.

Layla sonrió, saboreando lo que ella creía que era una victoria. Pero yo aún no había terminado. Me levanté de la cama, imponente, permitiendo que mi aura de mando la hiciera retroceder un paso.

—Pero escucha bien lo que te voy a decir, Layla —siseé, mi voz bajando a un tono peligroso y ronco—. Amira saldrá contigo, pero irá bajo mis estrictas condiciones. Llevará la guardia real completa asignada a mi persona, y si una sola de esas mujeres de la alta sociedad le falta el respeto al nombre de mi hermano a través de ella, o si tú permites que se arme un escándalo que afecte el honor de los Al-Fayed, tú misma responderás ante mí y ante el consejo por comprometer la dignidad del trono. Amira es la esposa de Zaid, y mientras él no pueda defenderla, su honor es mi responsabilidad. ¿Te queda claro?

La sonrisa de Layla se congeló por un instante, percatándose de que el Lobo no le estaba dando el control total del juego, sino que estaba tendiendo una red alrededor de sus movimientos. Sin embargo, asintió con una leve reverencia, sus ojos brillando con la promesa de una guerra silenciosa que apenas comenzaba.

—Perfectamente claro, mi señor. Cuidaré de la princesa como si fuera mi propia sangre —mintió descaradamente.

Se dio la vuelta y se deslizó finalmente bajo las sábanas de su lado de la cama, dándome la espalda. Yo me acosté del otro lado, manteniendo una distancia insalvable entre nuestros cuerpos. Mientras cerraba los ojos en la penumbra de la habitación, ignorando el perfume a almizcle de mi esposa, mi mente regresó de inmediato a la inmensidad del lago estrellado. Pude sentir el fantasma de las uñas de Amira clavándose en mi espalda, el sabor de sus labios húmedos y el eco de sus gemidos prohibidos bajo el firmamento.

Layla creía que estaba preparando una trampa para humillar a la latina, pero no entendía que Amira no era una mujer común que se dejaría pisotear por las víboras de la alta sociedad. Ella era un fuego salvaje que yo mismo había desatado, y si mi esposa pensaba que podía apagar ese fuego con el protocolo del palacio, estaba muy equivocada. Esta semana el reino entero vería a la segunda esposa en las sombras, y yo me encargaría de vigilar desde el trono que nadie, absolutamente nadie, se atreviera a tocar lo que ya me pertenecía en la oscuridad.

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