El tiempo pareció congelarse en el gran salón de banquetes del palacio real. El eco de los violines y el bullicio de los ministros y príncipes árabes se convirtieron en un zumbido sordo en mis oídos. Frente a mí, vestido con la imponente túnica bordada en hilos de oro que lo acreditaba como el futuro Sultán, estaba el hombre del hotel. Mi Lobo. Mi pecado. El hermano mayor de mi esposo en coma.
**Cem Al-Fayed** me sostenía la mirada con dos pozos de obsidiana que prometían destruirme. El aire en