Inicio / Romance / La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre / Capítulo 8: Máscaras de Cristal y Puños de Acero
Capítulo 8: Máscaras de Cristal y Puños de Acero

El tiempo pareció congelarse en el gran salón de banquetes del palacio real. El eco de los violines y el bullicio de los ministros y príncipes árabes se convirtieron en un zumbido sordo en mis oídos. Frente a mí, vestido con la imponente túnica bordada en hilos de oro que lo acreditaba como el futuro Sultán, estaba el hombre del hotel. Mi Lobo. Mi pecado. El hermano mayor de mi esposo en coma.

**Cem Al-Fayed** me sostenía la mirada con dos pozos de obsidiana que prometían destruirme. El aire entre los dos quemaba, cargado del secreto que nos unía y que, si salía a la luz, nos costaría la cabeza.

—Mi señor —pronuncié con la voz firme, tragándome el nudo de terror que me asfixiaba la garganta. Di un paso atrás, forzando una reverencia perfecta y manteniendo los ojos bajos, tal como Malika me había obligado a ensayar—. Es un honor conocer finalmente al heredero del trono. Soy Amira, la esposa de su hermano Zaid. Espero ser digna de este linaje.

Fingí. Hice el papel de la extranjera sumisa que jamás lo había visto en su vida, apostando todo a que su orgullo real le impediría armar un escándalo frente a toda la corte.

Cem apretó la mandíbula con tanta fuerza que vi los músculos de su cuello tensarse de manera peligrosa. Sus ojos recorrieron mi rostro velado, buscando un atisbo de flaqueza.

—Bienvenida a tus nuevas tierras, Amira —respondió él, su voz era un témpano de hielo que me caló los huesos—. Espero que entiendas que en este palacio las tradiciones no se cuestionan y las deudas se pagan con obediencia.

No aguanté más la opresión y, fingiendo que necesitaba aire, me retiré hacia una de las terrazas laterales, apartada de la luz de las velas. El viento del desierto agitó mi velo azul noche mientras intentaba regular mi respiración. Creí que había ganado la primera batalla, pero me equivocaba.

Unos pasos pesados me alertaron. Antes de que pudiera girarme, una mano grande y callosa me tomó del brazo con una fuerza brutal, arrastrándome hacia el pasillo oscuro que conectaba con la biblioteca real, un área completamente desierta a esa hora de la noche. Me empujó contra la pared de mármol, acorralándome con su inmenso cuerpo, bloqueando cualquier ruta de escape.

—¡Suéltame! —siseé en voz baja, el fuego latino despertando en mi pecho a pesar del miedo.

Cem arrancó el velo de mi rostro con un movimiento violento, dejando mi cara expuesta bajo la tenue luz de la luna. Su mirada era de desprecio absoluto, una mueca de asco que me dolió más de lo que quise admitir.

—¿Hacer que no me conoces? ¿Ese es tu juego, Mariposa? —escupió las palabras, su aliento rozando mis labios con una hostilidad salvaje—. Mírate. Eres una maldita arribista. Una oportunista que no tiene límites.

—¿De qué estás hablando? —intenté empujar su pecho de acero, pero él ni se inmutó.

—¡Te vendiste al mejor postor! —rugió en un susurro furioso, sus manos atrapando mis muñecas y clavándolas a los lados de mi cabeza—. Tu padre te entregó por un contrato, y tú, sabiendo que venías a casarte con mi hermano, decidiste abrirle las piernas a un extraño en Nueva York. ¡Qué bien te sienta ser una cualquiera! Entregarte a uno en la oscuridad y al día siguiente firmar un matrimonio con el otro. Eres una impura que ha venido a corromper mi sangre.

El insulto me golpeó como una roca. La indignación y el orgullo me cegaron. No iba a permitir que el hombre que me había tomado con tanta pasión me rebajara a una mercancía barata. Con un movimiento desesperado, logré liberar mi mano derecha y, concentrando toda mi furia, le di una bofetada que resonó en el pasillo.

El golpe le giró el rostro. El silencio que siguió fue aterrador.

Cem se quedó inmóvil por un segundo. Lentamente, volvió la cara hacia mí. Sus ojos ya no eran humanos; eran los de un depredador herido. Antes de que pudiera procesarlo, su mano libre impactó contra mi mejilla con la misma fuerza. La bofetada me hizo tambalear, el dolor ardiente extendiéndose por mi rostro mientras el sabor metálico de la sangre llenaba mi boca.

Me quedé sin aliento, con las lágrimas agolpándose en mis ojos, sosteniéndome de la pared. Jamás un hombre me había tocado de esa manera.

Cem dio un paso adelante, tomándome del mentón con los dedos rígidos como pinzas, obligándome a mirarlo a los ojos. No había piedad en él, solo una dominación cruda que me recordó exactamente dónde estaba.

—Llora todo lo que quieras, latina —siseó, su voz vibrando con una autoridad implacable—. Pero grábate esto en tu cabeza rebelde: ya no estás en tu país. Aquí no gobiernan tus caprichos ni tu insolencia. En este mundo, en este reino y en este palacio, **mando yo**. Eres la esposa de mi hermano moribundo, lo que te convierte en mi propiedad legal y moral. Si vuelves a levantarme la mano, o si osas mirarme con ese desafío, te juro por Dios que te haré desear no haber nacido.

Me soltó con desprecio, dejándome caer de rodillas sobre el suelo de mármol frío. Recogió mi velo del piso y me lo arrojó a la cara.

—Ajusta tu máscara, Amira. Regresa al banquete y actúa como la viuda en vida que eres. Porque a partir de hoy, tu peor pesadilla no será el desierto... seré yo.

Se dio la vuelta y se marchó, dejándome sola en la oscuridad, temblando de rabia, dolor y una extraña y retorcida descarga de adrenalina. Cem Al-Fayed acababa de declarar la guerra, y aunque yo estuviera de rodillas en ese momento, me juré a mí misma que el futuro Sultán aprendería que a una latina se la puede acorralar, pero jamás doblar.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP