cap 9

Los días en el palacio se habían convertido en una rutina asfixiante. Me estaba adaptando a la fuerza a esa vida de silencios, de velos pesados y de miradas cargadas de veneno por parte del harén. Aprendí a caminar como una sombra por los pasillos de mármol, a mantener la cabeza baja cuando los ministros cruzaban los patios y a pasar las horas en la habitación de Zaid, escuchando el pitido monótono de las máquinas que lo mantenían atado a este mundo. El desierto intentaba moldearme, pero bajo las telas de seda azul noche, mi sangre latina seguía ardiendo con una rebeldía que nadie lograba apagar.

Una noche, la sed me despertó. La garganta me quemaba y el calor de la habitación se sentía más denso que de costumbre. Me levanté del sofá, descalza y vistiendo solo una camisola fina de seda blanca que me cubría apenas hasta los muslos. Salí en silencio absolute hacia la cocina privada del ala este, buscando un vaso de agua, confiada en que a esa hora de la madrugada todo el palacio dormiría.

Caminé por el pasillo en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por los arcos de piedra. Me detuve en seco cuando una silueta inmensa bloqueó mi camino.

Ahí estaba Cem.

No vestía su túnica real, sino una camisa negra de seda entreabierta y los pantalones oscuros. Me miraba serio, con los ojos de obsidiana fijos en mi cuerpo expuesto bajo la fina tela blanca. Su sola presencia congeló el aire a mi alrededor. El pánico y el deseo batallaron en mi pecho. Di un paso atrás, acomodando mi cabello con nerviosismo, e intenté dar la vuelta para regresar por donde había venido.

—Buenas noches, mi señor. Ya me iba —susurré, tratando de pasar por su lado.

Cem no me dejó avanzar. Con la velocidad de un depredador, acortó la distancia. Antes de que pudiera protestar, me tomó por la cintura y me cargó sobre su hombro como si no pesara nada.

—¡Suéltame, Cem! ¡Bájame ahora mismo! —siseé en un susurro furioso, cuidando de no despertar a la guardia mientras pataleaba y golpeaba su espalda de acero con mis puños.

Él ignoró mis golpes. Caminó con paso firme directo hacia mi habitación, abrió la puerta de un empujón y la cerró detrás de nosotros con el cerrojo. Me dejó caer sobre la cama de seda, pero antes de que pudiera levantarme, su cuerpo pesado se posicionó sobre el mío, atrapándome por completo.

—Te advertí que no te quería vagando por mi palacio a estas horas, Amira —rugió con la voz ronca, sus manos sosteniendo mis muñecas contra el colchón.

—Solo buscaba agua... —mi voz se quebró cuando su rostro se inclinó sobre el mío.

Nuestras respiraciones se mezclaron. La furia y la tensión acumulada de los últimos días estallaron en un segundo. Cem no esperó más y me besó. Fue un beso hambriento, violento y cargado de una posesividad salvaje que me hizo soltar un gemido. Mis manos se liberaron y, en lugar de empujarlo, lo atraje más hacia mí, enredando mis dedos en su cabello oscuro. La camisola de seda cayó al suelo en un susurro, rasgada por sus manos expertas, dejándome completamente desnuda bajo su mirada ardiente.

Cem jadeó al ver mi cuerpo expuesto, su autocontrol desmoronándose por completo. Se deshizo de su ropa con prisa, revelando la musculatura perfecta de su torso. No hubo espacio para la delicadeza; el deseo que sentíamos era un fuego destructivo. Se posicionó entre mis piernas y me penetró con fuerza, un empuje firme y profundo que me hizo arquear la espalda contra las sábanas.

—¡Cem! —jadeé su nombre en la oscuridad, enterrando mis uñas en sus hombros anchos.

Él soltó un gruñido ronco y comenzó a moverse con un ritmo salvaje, implacable. Cada embestida me hacía perder la noción de la realidad, arrastrándome de vuelta a la tormenta de Nueva York, pero esta vez con la peligrosa certeza de quién era el hombre que me poseía. Sus manos apretaban mis caderas con tanta fuerza que sabía que dejarían marcas oscuras en mi piel al día siguiente; mis uñas rasgaban su espalda, dejando líneas rojas de las que a él no le importaba en lo más mínimo el dolor. Solo existía el roce de nuestras pieles y el sonido de nuestros jadeos chocando contra las paredes del santuario.

El erotismo de saber que estábamos pecando en el mismo palacio donde su hermano yacía en coma elevó la tensión a niveles insoportables. Éramos dos fuerzas de la naturaleza colisionando en el desierto.

En el clímax de la pasión, cuando ambos temblábamos al borde del abismo, Cem se inclinó y pegó sus labios a los míos, susurrando con una posesividad absoluta que me erizó la piel:

—No me moveré de aquí, Mariposa... Esta noche es solo de nosotros. No pienses en nada más. Eres mía.

Nos entregamos por completo al placer, unidos en un abrazo feroz mientras el sudor y el deseo nos consumían, dejando claro que, aunque ante el mundo yo fuera la esposa de su hermano, en la oscuridad de esa habitación, mi único dueño era el futuro Sultán.

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