Los días en el palacio se habían convertido en una rutina asfixiante. Me estaba adaptando a la fuerza a esa vida de silencios, de velos pesados y de miradas cargadas de veneno por parte del harén. Aprendí a caminar como una sombra por los pasillos de mármol, a mantener la cabeza baja cuando los ministros cruzaban los patios y a pasar las horas en la habitación de Zaid, escuchando el pitido monótono de las máquinas que lo mantenían atado a este mundo. El desierto intentaba moldearme, pero bajo l