La ceremonia fue un borrón de cánticos en un idioma que se sentía como una barrera de espinas y firmas sobre pergaminos que pesaban más que el plomo. Al terminar, no hubo banquete ni celebración para la novia. Malika, con su presencia gélida, me guio a través de pasillos laberínticos hasta una habitación custodiada por dos guardias que parecían estatuas de ébano. Las puertas dobles se abrieron, revelando un santuario de tecnología médica camuflado bajo el lujo árabe más extremo.
Allí, en el cen