Mundo ficciónIniciar sesiónLa ceremonia fue un borrón de cánticos en un idioma que se sentía como una barrera de espinas y firmas sobre pergaminos que pesaban más que el plomo. Al terminar, no hubo banquete ni celebración para la novia. Malika, con su presencia gélida, me guio a través de pasillos laberínticos hasta una habitación custodiada por dos guardias que parecían estatuas de ébano. Las puertas dobles se abrieron, revelando un santuario de tecnología médica camuflado bajo el lujo árabe más extremo.
Allí, en el centro de una cama inmensa, estaba Zaid. Su rostro, aunque hermoso y joven, estaba pálido y sereno con la quietud de la muerte. El rítmico pitido de las máquinas era el único pulso de vida en aquella estancia.
—Este es tu esposo —sentenció Malika, su voz resonando en las paredes de mármol—. A partir de ahora, tu vida le pertenece. Tu única función es ser la presencia que honre este linaje mientras él no puede hacerlo.
Antes de dejarme sola, Malika se acercó tanto que pude oler el aceite de oud en su ropa. —Escucha bien, latina. Aquí no estás en las calles pecaminosas de Occidente. En este palacio, la religión y la tradición son la ley absoluta. No hablarás con hombres que no sean de tu sangre, no saldrás de tus aposentos sin escolta y, sobre todo, no mancillarás el nombre de tu esposo. Si rompes una sola regla, el consejo no tendrá piedad. Se te ha dado una oportunidad de oro; no la conviertas en tu tumba.
Cuando la puerta se cerró con un estrépito metálico, el silencio me envolvió como una mortaja. Miré la cama matrimonial, el lugar donde se suponía que debía comenzar mi nueva vida, y sentí un escalofrío de repulsión. No podía dormir allí, no junto a un hombre que era un extraño total, un cuerpo sin alma. Me desplomé en un sofá de terciopelo verde esmeralda cerca del ventanal, encogiendo mis piernas bajo el pesado vestido de novia. Esa noche no dormí; pasé las horas viendo la luna del desierto, preguntándome si el "Lobo" de Nueva York estaría mirando la misma luna, sin saber que su "Mariposa" estaba ahora atrapada en una red de seda y acero.
Al día siguiente, el palacio se transformó. Un ejército de sirvientas entró al amanecer para prepararme. No hubo descanso. —Hoy es la cena oficial de la familia real —anunció una de ellas mientras me frotaba los hombros con aceites perfumados—. El futuro Sultán desea conocer a la nueva integrante del linaje. Debes lucir impecable.
Me vistieron con una túnica de seda azul noche, tan oscura que parecía negra, bordada con hilos de plata que dibujaban constelaciones. Era una prenda hermosa, pero se sentía como una armadura. Me colocaron un velo de seda fina que cubría desde mi coronilla hasta mis hombros, dejando solo mis ojos al descubierto. El protocolo era estricto: debía representar la modestia y la dignidad de los Al-Fayed frente a los ministros y los príncipes.
Caminé hacia el gran salón de banquetes con el corazón latiendo desbocado. El eco de mis joyas al chocar entre sí era el único sonido que me acompañaba. Al llegar a la entrada, el olor a incienso sagrado, cordero asado y especias exóticas inundó mis sentidos. El salón era una explosión de oro y luz de velas, lleno de hombres con túnicas blancas inmaculadas y mujeres que me observaban con ojos cargados de sospecha y curiosidad.
Me indicaron que esperara cerca de un balcón que daba a los jardines reales, de espaldas a la multitud, mientras el patriarca terminaba de recibir a los invitados de honor. Me quedé allí, observando las palmeras mecidas por la brisa nocturna, intentando controlar el temblor de mis manos. El peso de las joyas y el velo me recordaban a cada segundo que ya no era libre.
De repente, el ruido del salón pareció desvanecerse. Los pasos de alguien se detuvieron justo detrás de mí. No era el caminar ligero de una sirvienta, sino el paso pesado y rítmico de alguien que poseía el suelo que pisaba. Un aroma sutil pero devastadoramente familiar me golpeó: sándalo, cuero y el aire frío de una noche de lluvia en Nueva York.
Sentí que el mundo se detenía. La sangre se me congeló en las venas y el vello de mis nuca se erizó.
—Es una falta de respeto dar la espalda a quien gobierna estas tierras, Mariposa —dijo una voz profunda, una voz que vibró en mi columna vertebral como un trueno oscuro, la misma voz que me había susurrado promesas pecaminosas en una cama de hotel a miles de kilómetros de aquí.
Me quedé petrificada. Esa palabra, ese apodo... no podía ser. No aquí. No él.
Lentamente, con el corazón queriendo saltar por mi garganta, comencé a girarme. El velo ondeó levemente con mi movimiento. Frente a mí, vestido con la túnica real de un soberano y una mirada que quemaba más que el sol del mediodía, estaba el hombre que había marcado mi cuerpo en la oscuridad. Pero ahora, su mirada no tenía rastro de la ternura de aquella noche; solo había un poder gélido y una sorpresa que se transformó rápidamente en una furia contenida.
Él era el futuro Sultán. Él era Cem Al-Fayed. El hermano mayor de mi esposo.
Nuestras miradas se anclaron. El aire desapareció. El secreto que ambos compartíamos gritaba en el silencio entre nosotros, amenazando con reducir el palacio a cenizas antes de que la primera copa de vino fuera servida.







