Mundo ficciónIniciar sesiónEl aire que me recibió al bajar del jet no era aire; era un muro de fuego líquido que me quemó los pulmones. El desierto se extendía hasta donde alcanzaba la vista, una inmensidad dorada que me gritaba que no tenía escapatoria. No hubo alfombra roja ni bienvenidas cálidas. Fui escoltada directamente a un complejo de edificios de mármol blanco que se alzaban como una fortaleza impenetrable: el palacio de los Al-Fayed.
Al cruzar los pesados portones de bronce, el bullicio del viento fue reemplazado por un silencio sepulcral, interrumpido solo por el eco de mis pasos. Me llevaron hacia el ala este, el área reservada para las mujeres. Allí, el aroma a sándalo y rosas era tan denso que resultaba embriagante, pero bajo esa fragancia flotaba algo mucho más peligroso: el juicio de docenas de pares de ojos.
—Mírenla —susurró una voz en árabe, seguida de una risa cristalina pero cargada de veneno—. Es la "ofrenda" latina.
Me detuve en seco. En el gran salón del harén, un grupo de mujeres vestidas con sedas de colores vibrantes y joyas que deslumbraban bajo la luz de los candelabros me observaban con desprecio evidente. Yo, envuelta en mi abaya negro de viaje, sudada y con el rostro pálido por el cansancio, debía parecerles un animal exótico y maltratado.
—Dicen que su padre la vendió para pagar sus deudas —comentó otra, abanicándose con indolencia—. ¿Qué puede aportar una mujer así a nuestro linaje? No tiene gracia, no tiene alcurnia. Solo es un trozo de carne extranjera para un hombre que ni siquiera puede verla.
Las risas se intensificaron. La humillación me golpeó con más fuerza que el calor del desierto. En mi tierra, yo era Amira Valdés, una mujer de fuego y determinación; aquí, no era más que el chiste de la corte, la esposa de un hombre en coma, una latina que no entendía las reglas del juego de poder que se respiraba en cada rincón.
Malika me empujó hacia adelante, ignorando las burlas. —Cierren la boca —ordenó con una autoridad que hizo que las mujeres se dispersaran, aunque sus miradas seguían clavadas en mi espalda—. No hay tiempo para adaptaciones. La ceremonia es hoy.
—¿Hoy? —mi voz salió como un hilo roto—. Acabo de bajar de un avión. Ni siquiera he visto a mi... a Zaid.
Malika se giró y me tomó del mentón con una fuerza dolorosa. —No estás aquí para verlo, estás aquí para firmar el compromiso ante Dios y el consejo. Zaid no necesita que lo veas; necesita que su nombre tenga una dueña legítima para asegurar el patrimonio mientras él lucha por despertar —siseó—. Ahora, muévanse. Tenemos tres horas para convertir a esta salvaje en una novia digna de los Al-Fayed.
Me arrastraron a una sala de mármol con una fuente en el centro. El proceso fue una tortura estética. Me despojaron de mis ropas y me sometieron a baños de aceites esenciales, frotando mi piel hasta que brilló bajo la luz. Cuatro mujeres se encargaron de mis manos y pies, pintando intrincados diseños de henna que parecían enredaderas negras aprisionando mis extremidades.
—Es una lástima —murmuró una de las sirvientas mientras trenzaba mi cabello con hilos de oro—. Tanta belleza para ser desperdiciada en una cama vacía.
No respondí. Mi mente estaba a miles de kilómetros, en una suite de hotel en Nueva York, bajo el peso de un hombre que me había llamado "Mariposa". Cada vez que cerraba los ojos, sentía el rastro de sus besos, un pecado que ahora se sentía como mi único refugio contra la realidad que se avecinaba.
El vestido de novia era una obra de arte y una armadura a la vez. Una túnica de seda blanca bordada con miles de perlas y diamantes que pesaba tanto como mi conciencia. Me colocaron joyas en el cuello, los brazos y la frente, hasta que me sentí como una estatua bañada en oro. Finalmente, dejaron caer sobre mi rostro un velo de encaje tan fino que apenas me permitía ver el mundo exterior, pero que ocultaba perfectamente mi expresión de terror.
—Recuerda, Amira —dijo Malika, ajustando el velo con una frialdad absoluta—. En el salón del trono, no eres una mujer. Eres un contrato cumplido. No hables, no levantes la vista. Solo firma cuando se te indique. El futuro Sultán estará observando, y no querrás que tu primera impresión sea la de una latina rebelde.
—¿El futuro Sultán? —pregunté, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el aire acondicionado del palacio.
—Cem Al-Fayed —respondió ella con una reverencia casi instintiva al mencionar el nombre—. El hermano mayor de tu esposo. Él es quien ahora lleva el peso de la corona y quien ha autorizado que este matrimonio se lleve a cabo a pesar del estado de Zaid.
El nombre de Cem resonó en mis oídos como un trueno. No sabía por qué, pero el corazón me dio un vuelco violento. Caminé por los pasillos del palacio, el sonido de mis joyas tintineando contra el silencio, escoltada hacia la ceremonia que me encadenaría para siempre a una familia que me despreciaba.
Las puertas del gran salón se abrieron. El olor a incienso sagrado me golpeó el rostro. Avancé con la cabeza baja, viendo solo las puntas de mis zapatos bordados sobre la alfombra roja. Sentía la mirada de docenas de hombres poderosos sobre mí, pero había una presencia, un aura de mando absoluto al final del pasillo, que hacía que el aire a mi alrededor vibrara con una energía familiar y aterradora.
Estaba a punto de casarme con un hombre que no podía pronunciar sus votos, frente a un hombre que gobernaba el desierto con puño de hierro. Y mientras me arrodillaba ante el consejo, solo una pregunta martilleaba en mi cabeza: ¿Cómo iba a sobrevivir a este infierno de seda y arena sin perder la razón?







