El aire que me recibió al bajar del jet no era aire; era un muro de fuego líquido que me quemó los pulmones. El desierto se extendía hasta donde alcanzaba la vista, una inmensidad dorada que me gritaba que no tenía escapatoria. No hubo alfombra roja ni bienvenidas cálidas. Fui escoltada directamente a un complejo de edificios de mármol blanco que se alzaban como una fortaleza impenetrable: el palacio de los Al-Fayed.
Al cruzar los pesados portones de bronce, el bullicio del viento fue reemplaza