Capítulo 5: Las Alas Cortadas

 

Salí del hotel con el corazón martilleando contra mis costillas, una mezcla de euforia residual y terror puro. El frío de la madrugada neoyorquina calaba mis huesos, pero el calor que el Lobo había dejado en mi piel todavía se sentía como una marca invisible, un secreto tatuado en mi alma. Caminé rápido, casi corriendo, esquivando los charcos que reflejaban las luces de neón que empezaban a apagarse. Sabía que cada segundo contaba. Si lograba llegar a la estación de tren o perderme en el anonimato de la gran ciudad, tal vez, solo tal vez, el contrato de los Al-Fayed se convertiría en humo.

Doblé en una esquina, buscando la boca del metro más cercana, pero el destino no estaba de mi parte. Un frenazo seco de neumáticos sobre el pavimento mojado me hizo saltar. Dos camionetas negras, idénticas a las que me habían llevado al aeropuerto, me cerraron el paso.

—Señorita Amira, el paseo ha terminado —dijo una voz fría y profesional.

No tuve tiempo de gritar. Cuatro hombres bajaron con la precisión de soldados. Intenté zafarme, golpeé un pecho de acero y arañé un brazo, pero la fuerza bruta me venció en segundos. Me levantaron en vilo, mis pies colgando en el aire mientras me arrojaban al interior de la cabina de cuero negro. El aroma a sándalo del Lobo fue reemplazado por el olor estéril y metálico del miedo.

El trayecto de regreso al ático fue un silencio sepulcral. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, el ambiente estaba cargado de una furia que podía cortarse con un cuchillo. Malika estaba de pie en medio de la estancia, sus ojos inyectados en sangre y su rostro contraído en una máscara de indignación.

—¡Maldita seas, rata callejera! —rugió en cuanto me vio entrar escoltada—. ¡Me drogaste! ¡Te atreviste a poner tus manos sucias en mi té y escaparte como una cualquiera!

—Solo quería respirar, Malika —respondí, intentando mantener la barbilla en alto a pesar de que mis piernas temblaban—. No soy un objeto que puedas guardar en un cajón.

Su mano voló más rápido de lo que pude prever. El impacto de su bofetada me giró la cara y me dejó un pitido sordo en el oído. Me obligó a arrodillarme sobre el mármol frío, apretando mi mandíbula con sus dedos huesudos.

—No eres nada —siseó, su rostro a centímetros del mío—. Eres una mercancía defectuosa que ahora debo limpiar. ¿Crees que eres especial? Solo eres el pago de una deuda. Y por tu insolencia, aprenderás lo que significa el respeto antes de que pongas un pie fuera de este país.

El castigo no fue solo físico; fue una humillación sistemática. Malika ordenó a dos sirvientas que me arrastraran al baño. Me despojaron de mi vestido rojo, esa última reliquia de mi libertad, y lo arrojaron a la basura como si fuera basura infectada. Me obligaron a entrar en una bañera con agua casi helada, frotando mi piel con esponjas ásperas hasta que quedó en carne viva, como si quisieran borrar el rastro de las manos del Lobo de mi cuerpo.

—Límpienla hasta que no quede ni rastro de su suciedad latina —gritaba Malika desde la puerta—. No permitiré que llegues ante la familia real oliendo a pecado y a calle.

No lloré. Me quedé inmóvil, con la mirada perdida en los azulejos blancos, recordando la calidez del hotel para no sucumbir al frío del agua. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro del Lobo, y eso me daba la fuerza para no desmoronarme.

Tras lo que parecieron horas de purga, me sacaron y me envolvieron en una túnica pesada y oscura que ocultaba cada curva de mi cuerpo. Malika cronometraba cada movimiento con una impaciencia cruel. El sol empezaba a asomar entre los rascacielos, pintando el cielo de un naranja sangriento.

—Vístanla con el abaya de viaje —ordenó—. El jet está listo en Teterboro. No pasará ni un minuto más en este suelo pecaminoso.

Me prepararon con una eficiencia aterradora. Cubrieron mi cabello con un velo de seda negra y me obligaron a usar anteojos oscuros para ocultar mis ojos inflamados por el cansancio. Me sentía como una muerta viviente siendo preparada para su propio funeral. Malika se acercó una última vez, ajustando el velo con un tirón violento.

—Escúchame bien, Amira —susurró, esta vez con una calma que daba más miedo que sus gritos—. Vas a un mundo donde las mujeres como tú desaparecen sin dejar rastro si no aprenden a cerrar la boca. El Sultán no tolera la rebeldía. Tu esposo está en un estado que no le permite defenderte, así que tu vida depende de mi informe. Una sola palabra mía sobre tu escapada nocturna y desearás haber muerto en ese callejón de Nueva York.

No respondí. Solo caminé hacia la salida, escoltada por hombres armados que no me dejaban ni un centímetro de espacio personal. Bajamos al garaje, donde el motor de la camioneta ya rugía, lista para llevarme al aeropuerto. Mientras el vehículo se alejaba del ático, miré por última vez las calles de Nueva York.

En algún lugar de esa ciudad, un hombre despertaba con una medalla en su mesa de noche, sin saber que la mujer que había tenido en sus brazos ahora volaba hacia el corazón de un desierto que pretendía devorarla. Me llevaban al encuentro de los Al-Fayed, a una boda con un hombre en coma y a un destino que se sentía como una cadena perpetua.

Pero mientras el jet despegaba y la silueta de Manhattan desaparecía entre las nubes, me hice una promesa silenciosa: podían llevarse mi cuerpo, podían casarme con un fantasma y podían cubrirme de seda negra, pero jamás, jamás lograrían apagar el fuego que el Lobo había encendido en mi interior. El viaje hacia el desierto acababa de empezar, y yo no iba a ser la víctima que ellos esperaban.

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