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Capítulo 4: El Santuario de la Tormenta

 

La lluvia no cesaba, era una cortina plateada que nos aislaba del resto de Manhattan. Mientras corríamos de la mano hacia la entrada de un hotel boutique de fachadas oscuras y luces ámbar, el agua calaba hasta mis huesos, pero el calor que emanaba de la mano del Lobo era suficiente para mantenerme encendida. No hubo preguntas en la recepción; él solo deslizó una tarjeta negra y recibió una llave metálica con un peso que prometía privacidad absoluta.

Subimos al ascensor en un silencio cargado de electricidad estática. Las gotas de agua caían de mi vestido rojo, creando un charco a mis pies, pero yo no podía apartar la vista de él. Sus hombros anchos llenaban el espacio, y su perfil, tallado con la dureza de quien está acostumbrado a mandar, se veía aún más peligroso bajo la luz tenue del elevador. Al llegar al piso más alto, la puerta se abrió y me guio hacia una suite que olía a sándalo y lujo silencioso.

En cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros, el mundo exterior —la deuda de mi padre, el contrato matrimonial con los Al-Fayed y la sombra de Malika— dejó de existir.

Él no perdió tiempo. Me tomó por la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo empapado. El contraste entre el frío de su camisa húmeda y el fuego de su piel me hizo soltar un gemido ahogado. Sus manos, grandes y posesivas, subieron por mis muslos, arrugando la seda roja de mi vestido hasta que sintió mi piel desnuda.

—Estás temblando, Mariposa —susurró contra mis labios, su aliento con sabor a whisky y deseo puro.

—No es de frío, Lobo —respondí, rodeando su cuello con mis brazos y enterrando mis dedos en su cabello oscuro.

Me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento. No era un beso de cortesía; era un reclamo. Sus labios devoraban los míos mientras sus manos continuaban su exploración, bajando el cierre de mi vestido con una destreza que delataba su naturaleza depredadora. El vestido cayó al suelo en un susurro de tela mojada, dejándome expuesta ante él, solo cubierta por la encaje negro de mi lencería y el deseo que brillaba en sus ojos.

Él se detuvo un segundo, recorriéndome con la mirada como si estuviera memorizando cada curva de mi cuerpo latino. Había algo en su forma de mirarme que no era solo lujuria; era hambre, una necesidad primaria de poseer aquello que no debía tener.

—Eres una visión prohibida —dijo con la voz ronca, antes de levantarme en vilo. Mis piernas se enredaron automáticamente en su cintura, sintiendo la dureza de su cuerpo contra mi centro, una promesa silenciosa de lo que estaba por venir.

Me llevó a la cama, dejándome caer suavemente sobre las sábanas de seda fría. Se deshizo de su camisa con movimientos rápidos, revelando un torso esculpido, cruzado por un par de cicatrices que solo añadían a su aura de peligro. Se posicionó sobre mí, atrapando mis manos sobre mi cabeza con una sola de las suyas.

—Esta noche no hay nombres, ni pasados, ni contratos —sentenció, bajando su rostro para besar la línea de mi mandíbula hasta llegar a mi cuello, donde succionó la piel con una intensidad que me hizo arquear la espalda—. Solo estamos tú y yo. Y te voy a hacer olvidar quién eres hasta que solo recuerdes cómo te sientes bajo mi mando.

Sus labios bajaron hacia mi pecho, desprendiendo el encaje con sus dientes. Cada toque suyo era una caricia experta que conocía exactamente dónde presionar para hacerme arder. Mi respiración se volvió errática, convirtiéndose en súplicas que no sabía que podía pronunciar. El erotismo de la situación, mezclado con la adrenalina de saber que estaba pecando contra un destino que odiaba, me hizo entregarme con una pasión desesperada.

Él se movía con una cadencia perfecta, alternando entre la ternura más dulce y la posesividad más cruda. Cada vez que nuestras pieles chocaban, sentía que estaba quemando el contrato de los Al-Fayed, pedazo a pedazo, en el altar de esta cama de hotel. Sus manos no me soltaban, sus dedos se enterraban en mis caderas, marcándome como suya de una manera que ningún papel legal podría igualar jamás.

En el clímax de nuestra unión, cuando el placer amenazaba con hacerme perder la conciencia, él me obligó a mirarlo a los ojos. Esos ojos de obsidiana que ahora ardían como carbones encendidos.

—Mírame, Mariposa —exigió, su voz siendo un comando que mi cuerpo obedeció sin dudar—. Recuerda esto. Recuerda que antes de cualquier corona o cualquier dueño, fuiste mía.

Me aferré a sus hombros, gritando su apodo mientras el mundo estallaba en mil pedazos de luz y fuego. Me sentía plena, viva, y por primera vez en mi vida, dueña de mi propio placer.

Horas más tarde, mientras la lluvia seguía golpeando los cristales y él dormía con la guardia baja, me quedé observándolo. El "Lobo" se veía casi humano en la penumbra. Acaricié su mejilla con la yema de los dedos, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía que al salir de esta habitación, volvería a ser la mercancía de una dinastía árabe. Sabía que mi virginidad, lo único que se suponía que debía "entregar" en el altar, ahora le pertenecía a un extraño que me había tratado como a una reina en la oscuridad de una suite clandestina.

Me levanté con cuidado, sintiendo el peso de mi realidad regresando a mis hombros. Recogí mi vestido rojo, ahora seco pero arrugado, y me vestí en silencio. Antes de salir, dejé una pequeña joya que llevaba siempre conmigo, una medalla que mi madre me había dado, sobre la mesa de noche.

—Adiós, mi Lobo —susurré, sabiendo que el sol de la mañana traería consigo mi boda con un hombre que no era él, en una tierra que no era la mía.

No tenía idea de que el "Lobo" no solo me buscaría, sino que me encontraría en el lugar más inesperado de todos: el trono de su propio reino.

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