Mundo ficciónIniciar sesiónEl Obsidian latía con una energía que me hacía sentir viva por primera vez en años. El desconocido no apartaba sus ojos de los míos; eran dos pozos de obsidiana que parecían leer cada uno de mis pecados. Sin decir una palabra, me tendió la mano. El roce de su piel contra la mía envió una descarga eléctrica que me obligó a soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Nos movimos hacia la pista. La música era un murmullo profundo, una mezcla de ritmos electrónicos y latidos de corazón. Él bailaba con una elegancia depredadora, rodeando mi cintura con una confianza que solo da el poder absoluto.
—Bailas como si estuvieras huyendo de algo, Mariposa —susurró cerca de mi oído, su aliento rozando mi cuello y erizándome la piel.
—Y tú miras como si fueras el cazador, Lobo —respondí, usando el primer apodo que me vino a la mente mientras me pegaba más a su cuerpo, desafiándolo.
Él soltó una risa ronca, una vibración que sentí directamente en mi pecho. Sus manos bajaron un poco más por mi espalda, reclamando territorio en el vestido rojo que apenas me cubría. Estábamos en nuestra propia burbuja de deseo, hasta que el brillo de una linterna táctica cerca de la entrada me devolvió a la realidad de golpe.
A lo lejos, entre la multitud, vi las siluetas inconfundibles de los hombres de traje oscuro. Eran los guardias de los Al-Fayed. Habían despertado a Malika o habían rastreado mi salida. Si me atrapaban aquí, vestida así, mi vida terminaría antes de empezar.
El pánico se apoderó de mí, pero no me solté de él. Al contrario, apreté su mano con desesperación.
—Tengo que irme. Ya —dije, mirando por encima de su hombro.
—No te vas a ninguna parte sin mí —sentenció el "Lobo", notando mi miedo.
Lo arrastré hacia la salida de emergencia. Al abrir la puerta pesada, la lluvia de Nueva York nos golpeó con furia, empapándonos al instante. Corrimos por el callejón, el agua chapoteando bajo nuestros pies y el sonido de nuestras risas nerviosas mezclándose con el trueno. Cruzamos la calle, esquivando taxis amarillos, hasta que nos refugiamos bajo el arco de piedra de un edificio antiguo en una calle lateral solitaria.
Nos detuvimos, jadeando. Mi vestido rojo estaba pegado a mi piel como una segunda capa y el agua corría por el rostro perfectamente esculpido de él. Me miró con una intensidad que me hizo olvidar el frío.
—Me has robado la noche, Mariposa —dijo, acortando la distancia entre nosotros.
—Tú me has regalado la mía, Lobo —susurré.
Él no esperó más. Tomó mi rostro entre sus manos grandes y cálidas y me besó. Fue un beso que sabía a lluvia, a alcohol y a una libertad desesperada. En ese callejón oscuro, rodeada de sombras y peligro, me entregué a un extraño cuyo nombre no sabía, pero cuyo toque me hacía sentir más reina que cualquier corona que el desierto pudiera ofrecerme. No sabía que estaba besando al hombre que se convertiría en mi mayor verdugo y en mi único dueño.







