Mundo ficciónIniciar sesiónNueva York me recibió con una lluvia fría que golpeaba los ventanales del ático de lujo donde me habían confinado. Todo aquí era mármol blanco y silencio sepulcral, un contraste violento con el caos colorido de mi hogar. Pero no estaba sola. Frente a mí, observándome con ojos que parecían cuchillos, estaba Malika, la mujer que los Al-Fayed habían enviado para "pulirme" antes del traslado.
—Tu madre te crió mal, Amira —soltó Malika, su voz era un látigo de desprecio mientras observaba mi postura—. Te permitió ser ruidosa, tener opiniones, vestir como una mujer mundana. Eso se acaba hoy.
Sentí que la sangre me hervía. Mi madre me había criado para ser libre, no para ser un adorno en el palacio de un extraño.
—Mi madre me crió para ser humana, no una alfombra —respondí, sosteniéndole la mirada con un desafío que la hizo apretar los labios.
—Aprenderás a ser una verdadera árabe, aunque tenga que romperte el espíritu para lograrlo —sentenció ella—. Mañana empezaremos con el protocolo de sumisión. Ahora, prepárame el té. Es hora de que empieces a servir.
Bajé la cabeza, fingiendo una derrota que no sentía. Mientras preparaba la infusión en la cocina de alta gama, mis dedos rozaron el pequeño frasco que había logrado ocultar en mi lencería durante el viaje: gotas de sedante que mi prima me había dado para los nervios del vuelo. Con un movimiento rápido y certero, vertí la mitad del frasco en la taza de porcelana de Malika.
Minutos después, la vi beber con elegancia aristocrática. No pasaron ni diez minutos antes de que sus ojos empezaran a pesarle. Sus insultos se volvieron balbuceos hasta que, finalmente, su cabeza cayó pesadamente contra el respaldo del sofá.
—Buenas noches, institutriz —susurré, sintiendo una descarga de adrenalina.
Corrí a mi habitación. Me deshice del vestido recatado que me habían obligado a usar y saqué de mi maleta un vestido rojo, corto y ajustado, que gritaba "latina" en cada costura. Me maquillé con ferocidad, pintando mis labios de un carmín que parecía sangre, y salí por la puerta de servicio, burlando a los guardias que creían que la "prometida" estaba durmiendo plácidamente.
Caminé tres calles bajo la lluvia neoyorquina hasta que las luces de neón de un bar exclusivo, el Obsidian, llamaron mi atención. El sonido del bajo retumbaba en el pavimento, prometiéndome el olvido que tanto ansiaba.
Entré al lugar, dejando que el olor a whisky y perfume caro me envolviera. Me dirigí a la barra, ignorando las miradas hambrientas de los hombres a mi paso. Solo quería una copa. Solo quería sentir que todavía me pertenecía a mí misma antes de que el sol saliera y volviera a ser un contrato firmado.
—Un tequila doble, sin sal ni limón —le dije al barman.
—Una mujer con prisa por olvidar es una mujer peligrosa —dijo una voz profunda a mi espalda, una voz que vibró en mi columna vertebral como un trueno.
Me giré lentamente, con el vaso en la mano. Y ahí estaba él. Un hombre que no parecía pertenecer a este mundo de luces baratas. Su mirada era oscura, gélida y cargada de un poder que me hizo dar un paso atrás por instinto. No sabía su nombre, no sabía que él era la personificación del pecado que me perseguiría hasta el desierto. Solo sabía que, en ese momento, sus ojos eran lo único que quería mirar.







