Claira apoyó la espalda contra la puerta cerrada del dormitorio y se quedó así un largo momento, dejando que el silencio se asentara. La blusa de seda se le pegaba incómodamente a la piel. Cruzó el cuarto, se arrodilló junto a la cama y entrelazó las manos como lo había hecho miles de veces antes.
Las palabras llegaron solas, firmes y familiares.
— Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…
Las pronunció despacio, cada frase deliberada. Sus dedos encontraron la pequeña cru