La primera señal fue el guardia.
Marcos nunca llamaba a la puerta sin motivo. Quince años trabajando en seguridad en la hacienda Kane le habían enseñado al hombre el peso exacto de las malas noticias; lo llevaba en la rigidez de sus hombros, en cómo sus nudillos palidecían alrededor del marco de la puerta antes de que su boca siquiera se abriera.
Soren levantó la vista del escritorio. La luz de la lámpara tallaba sombras afiladas en su rostro.
—Se fue, señor.
El estudio quedó en un silencio tan